O! swear not by the moon, the inconstant moon, That monthly changes in her circled orb, Lest that thy love prove likewise variable
Tú no estarás aquí, porque aquí todo presagia distancia
Conocí a Bryce durante el otoño-invierno de 1998. Francia era campeona del mundo y los primeros partidos del mundial me habían pillado, entre exámenes de bioquímica y pachangas de baloncesto, aún en Vigo. Mi masa corporal había crecido escandalosamente durante el inolvidable periplo gallego (y en los apartes, entre bambalinas, se me conocía con el visual pseudónimo de La ballena blanca), había dejado de ser virgen y mi libro de cabecera era El origen de las especies. Aquel fue un verano de cambios: cambié de universidad, de novia, de fruta
preferida, de talla de pantalón, de dietista, de libro de cabecera, me compré mi primer teléfono móvil (y aún lo conservo: es enorme, un zapatófono con el que parecía el gemelo albino de MA Barracus), empecé a trabajar en la recién creada empresa familiar (solo estivalmente, por echar un cable, pon este saco ahí y luego barre un poco el almacén), cambié de marca de ron y de colonia y de película favorita dos veces. He engordado y adelgazado varias veces desde entonces pero, en esencia, sigo siendo el fruto de aquella tonelada de cambios veraniegos; de la época prebryciana quizá conserve a Los Suaves, a Stephen King y a un puñado de los mejores amigos que uno desear pudiera. No más. Aunque en realidad (si es que la realidad se concentra en lo puramente físico) conocí a Bryce en la primavera de 2001, después de una insoportable conferencia sobre Quevedo,
El Quijote y no sé cuántas tonterías barrocas más que ya no recuerdo. Enfrenté su bigotito entrecano y sus gafas circulares con un ejemplar inquieto de
El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Ni siquiera es mi novela fetiche de Bryce pero fue la única que encontré por casa cuando supe que venía a Oviedo y, ahora, la tengo en mi habitación con una rúbrica suya en la segunda página y una dedicato

ria:
A Pablo, dice,
con mis mejores deseos. Y claro, pensé en Isabel cuando no fui capaz de recordar a quién le había prestado mi ejemplar de
La Amigdalitis de tarzán, el primero de
todos los Bryce que leí y acaso el más querido porque hablaba de mí, de nosotros ¿no es cierto, Isabelita? Pregunta absurda que quedará sin respuesta (hace años que no me lees y eso que te ahorras; el futuro no te ha tratado muy bien, aunque a quién sí) y que no niega aquella evidencia oscular: después de ponderar el aroma de tu pelo, aquella noche noventayochesca, cien años hace que volvimos cantando de Cuba (huele como a pan recién hecho, dije, hay que joderse lo sumamente cursi que era yo entonces) y cuando parecía que la cosa estaba hecha y que volvería a haber un beso entre nosotros, seis años después del último, mis labios erraron los tuyos que se habían movido o apartado y en su lugar encontré una mejilla dispuesta: besable, sí, pero insípida. Y entre las cosas que adujiste para que no se produjera aquel beso destacaron sobre todo dos: el nombre de aquel tipo -que ni siquiera tú ahora recuerdas, seguro- y un imperdonable fallo del
estimated time of arrival entre nosotros
. Sé que ahora no entenderás esto último, me dijiste, pero leete La Amigdalitis de tarzán, de Bryce Echenique, y comprenderás nuestra historia y porqué no tenemos futuro a pesar de querernos tanto como decimos que nos queremos. Era la primera vez en mi vida que me dejaban por culpa de una novela (y debió ser entonces cuando le cogí gusanillo a la cosa, que viva la ficción) pero tenías razón: la historia de nuestros desencuentros por la vida la había escrito un tal Bryce, peruano él y autor de otras novelas de renombre. Nuestro problema era que llegábamos siempre a la realidad del otro tarde, mal y nunca. Y así me dolía leer: Diablos… Tener que pensar, ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo fuimos mejores por carta. Y que la vida le metió a nuestra relación más palo que a reo amotinado. Pero algo sumamente valioso y hermoso sucedió siempre entre nosotros, eso sí. Y también dolían cosas como: Ella intentaba inútilmente pasarse la noche pegadita al desastre que era yo por entonces.
Y si traigo ahora a colación todas estas tonterías pasadas por agua es porque le

o en la prensa nacional (estatal, quiero decir, seré fascista!) que acusan a Bryce de plagio, alcoholismo y desfachatez. Al parecer ha ido cobrándole a varias publicaciones peruanas por artículos que copia íntegramente de otros lugares, a otros escritores, incluso a amigos queridos. Los críticos lo achacan, en fin, a su alcoholismo irrefrenable.
Es levantarse, leí en la noticia que decía un crítico,
y ya está dándole al trago. Brutal, pensé, mi Bryce (nuestro Bryce) plagiador y borracho. Como yo, pensé. Quizá ahora tenga más cerca el convertirme en un afamado escritor si uno de mis fetiches tecleantes (Bryce, Auster, Cortázar, King) ha caído tan bajo como para parecerse a mí en algo. Lo malo es que él llegó a ser afamado tecleante antes que borracho plagiante: quizá debería variar mis prioridades. Les mantendré informados.
P