
Vagas nociones de histeratura
Espero que sea igual de larga y fructífera su vida en España como lo fue la de aquel "antepasado" histórico suyo (yo lo quiero ver así: paralelismos y mestizajes transoceánicos) cuya sombra se dejó ver a uno y otro lado del atlántico durante setenta y cinco años y que luego descansó ya para siempre en algún lugar de la cercana Córdoba. Se llamaba Gómez Suárez de Figueroa aunque, como mi primo, cambió su nombre por culpa de España, o gracias a ella. Nació en el Tahuantinsuyo, en pleno imperio incaico: la madre del cordero en aquellos años postcolombinos del 1500 (léase "del mil e quinientos", a la manera de la época); hijo de conquistador español de la alta burguesía -Sebastián Garcilaso de la Vega, un nombre tan de los de aquí- y de princesa inca nada menos -Chimpu Ocllo, sobrina de Huayna Cápac, emperador, negociante, explorador, de los Huayna Cápac de Chicago-. Y como mi primo se pa
só los primeros años de su vida mamando cultura local (cambiemos aquí inca por azteca, tanto da) para luego pegarse de frente contra las adversidades frías de la mamá patria, donde por ser mestizo lo mismo te fusilaban que te quitaban el dinero del almuerzo.

Y en España, en fin, hizo vaga carrera literaria (que empezaremos a inculcarle a Dieguito no bien oscurezca su sombra el dintel de Ranón, vid. Arrives) depués de haber servido a las órdenes de su majestad en el glorioso ejército español y justo antes de probar las mieles religiosas y andaluzas. Fue en ese periplo suyo cordobés cuando se relacionó con -ay, suertudo- Góngora y con Cervantes, con quien le une algo más que una breve relación: ambos dieron pie a tierra el mismo día del señor, hace la friolera de 490 años: 23 de abril de 1616 (guárdense los shakespearianos). Pasará a los anales de la histeratura española como el Inca Garcilaso de la Vega.

Y si traigo a colación todas estas trivialidades es porque hoy Dieguito Ramírez Cruz que es (y López de León que será), a la sazón mi casi primo nuevo, se hizo presente en doble noticia fantástica e ilusionante. A saber: por un lado ya hay fecha para la expedición neocolombina, que mancillará tierras aztecas el 13 de enero del año próximo -semana en la que a mi abuela le va a dar por cumplir 81 machacantes mientras mi mami se conformará con 56 y mi tío Jesús con 39, capricórnica familia- y que, si todo va sobre ruedas, volverá con un nuevo miembro de la familia prekoliana en algún momento del mes siguiente, tal vez para carnaval. Y, por otro lado, ya tenemos primera constancia fotográfica de la existencia de nuestro em

Post Scriptum: la que no necesita viajes neocolombinos para ser efectivamente mi prima (o prima de mi padre, que para el caso) es la coronada reina de camisón blanco y largo pelo negro, majestad de las navidades queretarianas de 2006, nombrada reina en reciente fiesta de magnitudes impracticables. Viva México, carajo!
Desde los auriculares: Dieguitos y Mafaldas (J. Sabina):
Veinte años cosidos a retazos
de urgencias, disimulos y rutinas,
veinte años cumplidos, en mis brazos,
con la carne del alma de gallina.
Veinte años de príncipes azules
que se marchaban antes de llegar,
veinte tangos de Manzi en los baúles,
veinte siglos sin cartas de papá.
(...)
Le debo una canción y algunos besos
que valen más que el oro del Perú,
sus huesos son sobrinos de mis huesos,
sus lágrimas los clavos de mi cruz.