Merde alors ¿por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este balance elegiaco en que ya sabemos que el juego está jugado.

Thursday, March 13, 2014

Confianza y ciega

Siempre he sido alérgica a la meditación y a la autoestima pero desde que conocí a Felipe, en la boda de mi prima Ángela, todo ha cambiado. Yo llevaba tres años dando tumbos por el mundo, hundida hasta las trancas en una depresión sentimental por abandono y matrimonio cesante que me tenía al borde del abismo, embutida en un pijama de franela y cambiando de vez en cuando de marca de ron tostado. Él era moreno, lenguaraz, agigantado e ingeniero de caminos y dirigía un grupúsculo de introspección y danzas orientales en un pueblo de Albacete. Enseguida congeniamos y al segundo cóctel de gambas ya estaba yo abierta en canal contándole mis miserias. En mí vio un claro caso de alcoholismo y falta de seguridad y decidió que dos meses de sesiones con su grupúsculo asertivo me harían falta para volver a empezar. Como soy muy fan de hacerle caso a la gente cuando deciden sobre mi vida, antes de que mi prima cortara la tarta ya había sacado por internet con el móvil un billete de autobús para Albacete. Como parte de las celebraciones nos llevamos otra botella de champán a la parte de atrás de su furgoneta  (además de la introspección, ya que no le salía nada de lo suyo, se ganaba el pan con una línea de reparto de periódicos). A la tercera copa, mientras buscábamos mis bragas, planteó la posibilidad de comenzar con la terapia en ese momento y con las mismas salimos al aparcamiento. La primera tarea, me dijo, es la prueba de confianza: tú te pones de espaldas, te dejas caer y yo te recojo. Entiendo que por culpa del alcohol, y del orgasmo, me pareció una manera fantástica de retomar mi vida así que me di la vuelta, cogí aire, miré al cielo estrellado y me lancé. Como quiera que Felipe ya estaba de regreso en su furgoneta, metiendo la segunda velocidad y saliendo de allí a toda pastilla, aterricé sobre el capó de un coche aparcado y no me maté de milagro. Ahora me recupero de las heridas en el hospital y, mientras rezo porque no me queden secuelas motrices, he vuelto a hacer planes y a tomar las riendas de mi pequeña existencia: he decidido dejar  el alcohol, el trankimazin y la gilipollez y apuntarme a yoga y a clases de pintura expresionista. Gracias a Felipe he comprendido que no se puede ser tan imbécil y que estoy desperdiciando lo bueno por un exceso de auto compasión. Le daría las gracias pero he descubierto que la tarjeta que me dio en el banquete era falsa y que nadie de los de la boda parece conocerle. Quizá ni siquiera se llame Felipe pero no hay duda de que podría ganarse la vida como sicólogo o como vendedor de tónico crecepelo.

2 comments:

Monica Solís said...

Jajajajjajajjajajjaj genial. Un tortazo así nos vendría bien a muchos/as pa despertar. Mil besos

Monica Solís said...
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