Se llamaba Víctor Huso y se creía destinado a hacer el bien por parte de padre (con cierta permisividad ortográfica que le otorgaba el pensar que, bien mirado, las haches no suenan a casi nada, es como si no estuvieran ahí), a ser útil, a servirle de algo al mundo. Odiaba en secreto a su madre por haberle dado un apellido tan vulgar, Víctor Huso Fernández, nad
ie podía ser un héroe apellidándose Fernández, un cajero de Alimerka pase pero, ¿un héroe? Se pensaba a sí mismo como una especie de antiedipo, calvo y con ojeras eso sí. Mientras le salía algo mejor (y, en sus sueños, algo mejor siempre vestía capa de seda thai, leotardos mulliditos y cinturón a juego) trabajaba en el turno de noche en una fábrica de posavasos: era una especie de cadena de montaje en la que Huso tenía que estar atento por si se le colaba algún ejemplar que superara los 2,6 mm de grosor, medida imperdonable en el sector y que suponía el despido fulminante (para el trabajador) y la mofa y el escarnio generales (para la marca que, automáticamente, era defenestrada por siempre jamás) Un puesto de alta responsabilidad, se mentía Huso por las noches, antes de acostarse, delante del espejo.

Cuando, después de un turno doble, le llamaron al despacho del subdirector de producción creyó que sus súplicas habían sido atendidas. Llevaba meses opositando a un puesto vacante en el departamento de Posablicidad, uno de los punteros en la empresa y el que más repercusión tenía en el mercado de divisas. Había mandado su curriculum un par de veces a través de la página web (http://www.posablicidad.com/) y se había hecho tatuar su eslogan
en el pecho: "La posabilidad de llegar a tu público" Más tarde, ya en el metro y con la carta de despido en la mano, la posablicidad de lanzarse debajo del primer tren que pasara empezó a tomar fuerza considerable. Nada me retiene ya aquí, pensó mientras comenzaba un ligero trote hacia las vías. Cerró los ojos para poder incorporar él la última imagen de su patética, creía, existencia -y que ésta no le viniera dada por el entorno: una breve estación de Madrid sur llena de viento y jeringuillas-, y por eso no vio a la chica delgaducha y pecosa con la que chocó frontalmente y que era de Albacete. Congeniaron en la ambulancia del Samur camino del Gregorio Marañón, aunque de aquella conversación (complicada por una mandíbula rota, un respirador, varios auxiliares impertinentes y un atasco de cláxon y muy señor mío) no trascendió gran cosa.

Se llamaba Lucía Santander y fue la respuesta divina a las necesidades utilitaristas de Huso. Puesto que fue ella, en fin, la primera que le habló a Víctor de los burros de Namibia, de cómo al anochecer los casi 200.000 ejemplares escogen dormir al calor del asfalto y, pasivamente, son la causa del 29% de los accidentes de tráfico del país: más de 90 muertes todos los años, recordó Lucía haber leído
en el Muy Interesante. El resto es de sobra conocido: la idea de las orejeras reflectantes está firmada por ambos pero Lucía reconoce que fue Huso, en una de aquellas largas conversaciones veraniegas en silla de ruedas, frente a cualquier ventanal hospitalario, el que puso primero el dedo en la llaga. Recuperados de sus heridas volaron enseguida hacia Namibia con una carpeta llena de ideas y llamativos logotipos: Huso y Santander, soluciones bien hilvanadas, decía alguno de ellos. Crearon una página web, http://www.donkeywelfare.com/, para facilitar las donaciones públicas con la que sustentan su solución reflectante: a razón de mil pelas por burro. La boda estaba prevista para septiembre pero ella le engañó con el curandero de una tribu vecina. Ver para creer.
