(...) por eso nunca seremos la pareja perfecta,
la tarjeta postal (...)
-J. Cortàzar-
De una lectura pervertida aunque obsesiva de Isaac Asimov, le habìan venido siempre las ganas a Jaime Alcanfor de dedicarse a la invenciòn y al cientificismo, y asì posibilitar los viajes en el tiempo y la colonizaciòn de galaxias lejanas. La astrofìsica era, para èl y segùn una definiciòn temprana y caprichosa, el arte màs sublime, pues nace de la necesidad de combinar de manera novedosa los materiales al alcance de la mano para modelar una nueva realidad, más atractiva y afable. Mediocre y poco dado a los esfuerzos, su nota media finalizado el bachiller no habìa sido, irònicamente, para tirar cohetes, y la salida màs lògica y accesible parecìa el derecho mercantil, lo que en relaciòn a sus intenciones aeroespaciales hubiera supuesto algo asì como el fin. Convenciò a sus padres para que le dejaran tomarse un año sabàtico en cuyo transcurso decidiò que nada era imposible, y que el autodidactismo no habìa arredrado a otros genios de lo sideral como Leibniz o Miguel Hernàndez, aunque de lo de Leibniz no estaba seguro.
No obstante, con el tiempo se vio incapaz de vencer el aburrimiento que suponìa encontrar cierta armonìa entre la direcciòn de los vectores y la maldiciòn de las cuerdas resonantes, asì que no tuvo màs remedio que eliminar los inconvenientes problemas teòricos y pasar a la acciòn directamente. Despuès de meses de detallado anàlisis, Jaime llegò a la conclusiòn de que los descubrimientos màs relevantes de la historia de la humanidad, como la Gravedad o el Condensador de Fluzo, habìan tenido lugar aparejados a episodios craneoencefálicos traumàticos, asì que se puso de inmediato a someter a su cerebro a un elevado estrès por colisiòn. Su padre lo encontrò inconsciente, en el suelo de la cocina, casi al borde del coma, tras desafiar las leyes de Newton a cabezazo limpio contra la pared del comedor. Al parecer, una imperfecciòn del gotelè le habìa provocado un derrame cerebral del que, tal vez, soñaba con despertarse en posesiòn de la cura contra el cáncer o contra la estulticia preponderante. El amanecer, sin embargo, no le trajo sabidurìa y gloria, y sí más bien una pérdida estimable de movilidad en los mùsculos orales y una visiòn incompleta, poco profunda y absolutamente en blanco y negro. Con la demanda suculenta a la inmobiliaria en el bolsillo, sus padres le regalaron un supertelescopio último modelo para que no se apartara radical, o traumàticamente, de lo cientìfico y para que llevase con dignidad su tara ya que en el cielo,como bien decìa su madre, por la noche todo es en blanco y negro.
Pese a los esfuerzos familiares, y aunque nadie supo nunca bien còmo, el caso de Jaime Alcanfor trascendiò y desde la prensa supusieron mofa constante tanto sus iniciativas como su desventura. Esta sàtira mediàtica afectò definitivamente a Jaime, que optò por recluirse en su cuarto con un montòn de pelìculas de Harold Lloyd y su flamante telescopio, con el que barrìa el cielo por las noches imaginando naves que cruzaban su campo de visiòn a la velocidad de la luz, ataviadas con el acelerador Alcanfor, en pos de la colonizaciòn y la perpetuidad de la especie. Fue asì como una noche de casi verano descubriò a AJ-u-9742, un fragmento de cometa desligado, de unos cuarenta kilómetros de diámetro, y que volaba grácilmente en direcciòn, parecìa, a la tierra. Ahì estaba su momento de gloria, ahì sus cinco minutos, ahí su nombre recordado para siempre en forma de puntito luminoso acercándose. Pero el silencio era màs apetecible: por un lado, què efìmera serìa su gloria si al cabo la raza estaba condenada a extinguirse por impacto; por otro, era un justo castigo para ese mundo cruel y desalmado lleno de nimios, que se habìa reido de su desgracia y su ruina: enterarse cuando ya fuera demasiado tarde. Sí, al fin justicia poètica para Jaime Alcanfor. Asesinò a sus padres con una soluciòn cloroformada en la sopa, ya que no querìa verlos sufrir, presa del pànico, hasta el fin, y se sentó a esperar el fin del mundo en blanco y negro. Lo malo es que, teòricamente, nunca habìa sido una lumbrera, y cuando se dio cuenta de que habìa errado sus cálculos por dos ceros, el impacto terminal se habìa convertido en una especie de fuego de artificio inofensivo que la gente saliò a celebrar como una lluvia de estrellas. En el barrio pronto echaron de menos a sus padres y fue cuestiòn de tiempo que los encontraran en la alacena, al lado de los melocotones en conserva.
Te cuento esto porque esta mañana su nombre volviò a las contraportadas del periòdico. Al parecer, prepara su primera biografìa autorizada, Yo vi el fin del mundo y no era en color, que los expertos vaticinan como el mayor èxito editorial desde aquella de los libros asesinos de Ruiz Zafio. Ver veremos.
Merde alors ¿por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este balance elegiaco en que ya sabemos que el juego está jugado.
Monday, June 14, 2010
Monday, November 09, 2009
Un prólogo erecto y una onza de almíbar
Entusiasmado por una inesperada reedición de la jornada de piernas abiertas en casa de Rebeca Griñón, sita en el portal 114 de la calle Ezcurdia, que hasta la tarde anterior había dado por imposible, Jorge Soto salió de la cama haciendo planes para el resto de su vida, y antes del desayuno lo había decidido casi todo, excepto quizá la presencia o no de ribetes en las invitaciones de boda en tono pastel, y algún que otro detalle horticultor sin importancia (y por supuesto que los niños, pareja mejor que trío, tendrían unos columpios en la parte de atrás de un dúplex apañado en las afueras). Pensó en llamar a su madre para anticiparle alguna de las noticias que volcarían el mundo las próximas fechas, pensó en cambiar su estado sentimental en facebook, pensó en comprar flores alegres para decorar la terraza, pensó que, en Rebeca, la distancia entre el lóbulo de la oreja y el hombro desnudo era directamente proporcional a la felicidad, y chorradas así. Y como todas las canciones de Kiss Fm hablaban sobre la noche de autos, decidió pasar el resto del día escuchando música, sonriéndole al techo y repitiéndose las mejores jugadas de un encuentro que, esta vez sí, pasaría a la historia.
Y eso que no daba un duro por sus posibilidades. Diecinueve días después del ya te llamo yo, Jorge empezaba a sospechar que Rebeca no tenía intención de llamarle. Y no la culpaba: tras cuatro meses de inactividad por incomparecencia del rival, había estado asustadizo e intermitente sobre el terreno de jugos. Si bien era cierto que había sumado un par de incorporaciones digitales por la banda muy apreciadas por el respetable; pero a la hora de la verdad el balón se había convertido en una onza de chocolate mordida imposible de manejar: tembloroso, y a la espera de las repercusiones lógicas dada su incapacidad manifiesta para vulnerar esas mallas, se había dedicado a nadar vagamente guardando la ropa, mientras Rebeca lo miraba con una mezcla de extraño afecto compasivo, igual que se mira a un hermano, a un juguete viejo, a una señora octogenaria buscando unos céntimos para pagar con lo justo en la pescadería. Y también lo era -cierto- que su comportamiento oral había sido intachable, practicando primero con prudencia y contra el muslamen derecho, y cargando luego todo el peso de la caballería ligera, en una acción invasiva y envolvente y un poco torbellina, hacia la plena zona clitorioidea, pena: ahí yacía la esperanza. Tal vez, se dijo Jorge con la mirada fija en los manchurrones de humedad que lo sobrevolaban a golpe de yeso, Rebeca sea, como yo soy, más de prólogos que de desarrollos, una chica primitiva y primaria y primordial que le concede más importancia al escaparate que al relleno, al fin una mujer por mí plenamente satisfacible, un hueco confortable, espero, en el que olvidar las habituales pesadillas de tocata y fuga, de precocidad y arrebol.
Y pese a que dos golondrinas no hacen verano -aunque pueden quedar muy bien en un pasiaje colorista-, lo normal es que, conociéndolo, Jorge Soto hubiera hasta concertado cita con el cura de la parroquia de San Julián después de que a Rebeca, más por aburrimiento y falta de efectivos que por querencia o necesidad, le diera por volver a llamarle dicienueve días más tarde, cuando ninguno de los dos esperaba ya que eso sucediera, sobre todo tenida en cuenta la insoportable brevedad del sexo que Jorgito le brindó aquella noche inicática. Evidentemente, cuando la bandeja de entrada del móvil de Rebeca se llenó de mensajes absurdos e innecesariamente cariñosos en los que era imposible no ver un preludio de declaración de amor en toda regla, la muchacha dio por concluida su relación espermática con aquel chico que, si bien mono, se notaba a la legua que buscaba un culo de buen asiento sobre el que construir una casa empezando por la chimenea. Rebeca Griñón, versada en Física y en el Kamasutra, no tuvo más remedio que borrar el número -y el rostro- de Jorge Soto con un chasquido de contrariedad como quien dice: qué lástima de comedor. El pobre Jorgito, incapaz de acoger en casa todos los centros de flores que había comprado por internet, con vistas al feliz enlace, y de pagarlos, se lanzó con decisión, con gallardía, pasional y faltalmente, como lo había hecho todo en su vida, debajo de un camión de Emulsa que pasaba, para poner fin al oprobio, a la vergüenza floral y a la cita con el cura párroco de San Julián que no sabía cómo cancelar. Creo que en la misa de este domingo rezaron un responso por su almibarada alma.
Y eso que no daba un duro por sus posibilidades. Diecinueve días después del ya te llamo yo, Jorge empezaba a sospechar que Rebeca no tenía intención de llamarle. Y no la culpaba: tras cuatro meses de inactividad por incomparecencia del rival, había estado asustadizo e intermitente sobre el terreno de jugos. Si bien era cierto que había sumado un par de incorporaciones digitales por la banda muy apreciadas por el respetable; pero a la hora de la verdad el balón se había convertido en una onza de chocolate mordida imposible de manejar: tembloroso, y a la espera de las repercusiones lógicas dada su incapacidad manifiesta para vulnerar esas mallas, se había dedicado a nadar vagamente guardando la ropa, mientras Rebeca lo miraba con una mezcla de extraño afecto compasivo, igual que se mira a un hermano, a un juguete viejo, a una señora octogenaria buscando unos céntimos para pagar con lo justo en la pescadería. Y también lo era -cierto- que su comportamiento oral había sido intachable, practicando primero con prudencia y contra el muslamen derecho, y cargando luego todo el peso de la caballería ligera, en una acción invasiva y envolvente y un poco torbellina, hacia la plena zona clitorioidea, pena: ahí yacía la esperanza. Tal vez, se dijo Jorge con la mirada fija en los manchurrones de humedad que lo sobrevolaban a golpe de yeso, Rebeca sea, como yo soy, más de prólogos que de desarrollos, una chica primitiva y primaria y primordial que le concede más importancia al escaparate que al relleno, al fin una mujer por mí plenamente satisfacible, un hueco confortable, espero, en el que olvidar las habituales pesadillas de tocata y fuga, de precocidad y arrebol.
Y pese a que dos golondrinas no hacen verano -aunque pueden quedar muy bien en un pasiaje colorista-, lo normal es que, conociéndolo, Jorge Soto hubiera hasta concertado cita con el cura de la parroquia de San Julián después de que a Rebeca, más por aburrimiento y falta de efectivos que por querencia o necesidad, le diera por volver a llamarle dicienueve días más tarde, cuando ninguno de los dos esperaba ya que eso sucediera, sobre todo tenida en cuenta la insoportable brevedad del sexo que Jorgito le brindó aquella noche inicática. Evidentemente, cuando la bandeja de entrada del móvil de Rebeca se llenó de mensajes absurdos e innecesariamente cariñosos en los que era imposible no ver un preludio de declaración de amor en toda regla, la muchacha dio por concluida su relación espermática con aquel chico que, si bien mono, se notaba a la legua que buscaba un culo de buen asiento sobre el que construir una casa empezando por la chimenea. Rebeca Griñón, versada en Física y en el Kamasutra, no tuvo más remedio que borrar el número -y el rostro- de Jorge Soto con un chasquido de contrariedad como quien dice: qué lástima de comedor. El pobre Jorgito, incapaz de acoger en casa todos los centros de flores que había comprado por internet, con vistas al feliz enlace, y de pagarlos, se lanzó con decisión, con gallardía, pasional y faltalmente, como lo había hecho todo en su vida, debajo de un camión de Emulsa que pasaba, para poner fin al oprobio, a la vergüenza floral y a la cita con el cura párroco de San Julián que no sabía cómo cancelar. Creo que en la misa de este domingo rezaron un responso por su almibarada alma.
Monday, October 19, 2009
I'm back
P en versión cinematoráfica disponible desde hoy en:
http://porunpdepelis.blogspot.com/
Ténganme paciencia que aún estoy empezando y no domino del todo la terminología.
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Ténganme paciencia que aún estoy empezando y no domino del todo la terminología.
Tuesday, June 16, 2009
Ecología del lenguaje (una historia vegetal)
Fue Araceli quien, aún con restos de lecitina de soja entre los dientes, le puso al gato el cascabel vegetariano al comentar, como de pasada, que ya había encargado el menú de la boda y que ni se le ocurriera pensar en sangrientos solomillos de buey y perfumados caldos del país: se casaba con una naturista convencida y en el convite reinarían el brócoli, las ensaladas y los purés de zanahoria. Aunque por dentro se temía lo peor, y se veía atrapado entre la lechuga y la pared, la reacción de Ricardo Carnicero Arias -para quien la vida era eso que sucede más allá de la ventana mientras te comes un filete poco hecho con patatas- fue más blanda de lo esperado (apenas unos gruñidos protestantes y un mohín con carrilleras), quizá porque confiaba en que al final su futura entrara en razón y permitiera unos medallones de ternera en salsa de grosella o confit de pato a la emulsión de módena. Sea como fuere, la tormenta se mantuvo en sus comienzos -cielo gris tubería, bochorno, algún rayo pasajero- hasta que, impresas ya las invitaciones, Ricardo lo vio todo verde con ribetes dorados, volutas y algo de gasa, y quiso montar en cólera. Pero al enfrentar la desafiante mirada de Araceli se echó un poco hacia atrás, se lo pensó mejor y convino en que esa guerra podría tal vez empatarla (en el matrimonio no hay victorias, le había prevenido su padre siempre) desde la lágrima suplicante y arrodillada. Haré, le prometió Ricardo a Araceli, cualquier cosa que me pidas, lo que sea; y con ello condenó, sin saberlo, su alma y la del pobre Trilero, que pastaba a ochocientos kilómetros de allí ajeno a toda esa contienda ecológica, aunque sobre la del bicho ya pesaban inciertos futuros de verónica y media.
Animados por el sorprendente resultado electoral del Pacma en las últimas europeas, la pequeña congregación local, agreste e insípida, aunque violenta, a la que Araceli pertenecía, los ECDLL -Enemigos Contumaces De la Lidia, nada que ver con el grupo musical de las casi mismas siglas-, había decidido pasar a la acción y, arropada por los miles de votos cosechados, demostrar a toda esa gente que no habían depositado en ellos su esperanza en balde: en ese marco de situación, la súplica de Ricardo Carnicero a su prometida le puso en el disparadero del partido y en una envidiable (por alguno de los miembros más radicales) posición para ser cabeza de lanza en las primeras misiones, planeadas en las largas reuniones ácimas de los martes por la tarde. Enamorado hasta el tuétano, hasta la raíz, de Araceli y de lo cárnico, Ricardo decidió que unas tiernas brochetas bien valían el esfuerzo y dijo que sí a todo lo que le plantearon, actitud un tanto suicida si se observa a posteriori, pero romántica que te mueres en todo caso, y ahí es donde el zagal merece todos mis respetos y por eso es que relato su historia pudiendo contar la de tantos otros. Total, que con la boda firmemente asentada y con los terneros ya colgando bocabajo como vulgares remedos de San Pedro, Ricardo Carnicero Arias cogió un alsa provincial e interminable hasta Sevilla y se personó en la Maestranza en plena corrida de la feria de abril, con la sana intención de secuestrar a punta de astado al diestro Gonzalo "Chicuelón" Tiznaja y, por teléfono y con falsete, presentar sus reivindicaciones -cuya premisa mayor pasaba por la creación de un estado laicista, antitaurino y vegetariano- de cuyo cumplimiento dependía directamente el que los familiares de Chicuelón pudieran volver a verlo con vida.
Como en la facultad había leído a Konrad Lorenz, y dado que la ECDLL le había dejado libertad de movimientos a la hora de ejecutar el plan, se le ocurrió que podía soltar uno de los toros, charlar con él amigablemente, montarlo a lo Aníbal, y presentarse en el vestuario de Chicuelón espada en mano, amenazante. La cosa salió mal desde el principio -si no fuera por la evidencia de las formas aquí cabría decir que el plan era ridículo y descabellado-: el bóvido seleccionado, de nombre Trilero, era manso como uno de esos charcos absurdos que se forman en mitad de la playa San Lorenzo cuando baja la marea, si bien no olía a nitratos, además de estrábico y patizambo, por lo que en vez de cojear hasta los vestuarios se equivocó de camino y prefirió la calle (aunque aquí acaso influyeran sus improbables ansias de libertad: cansino, el animal, no parecía tener querencias ni arrebatos). A la salida de la plaza, y perseguidos por un guardia de seguridad que se había percatado de la jugada, Trilero se puso nervioso, metió la pezuña donde no debía y acabó con su jinete de cabeza en el empedrado. La resultante -una fractura inconveniente de cuello, para Ricardo, y una vuelta al coso para ser largamente lidiado y despedazado, para Trilero- no satisfizo al respetable, que regresó a casa comentando lo aburrida que se estaba volviendo la fiesta nacional. A Araceli el disgusto le duró un par de meses, lo que tardó en apañarse con un gurú dietético que se anunciaba en internet y que se avino rápidamente al menú vegetal de la boda dispuesta. Su traje, sin embargo, hubo que ensancharlo un poco.
Animados por el sorprendente resultado electoral del Pacma en las últimas europeas, la pequeña congregación local, agreste e insípida, aunque violenta, a la que Araceli pertenecía, los ECDLL -Enemigos Contumaces De la Lidia, nada que ver con el grupo musical de las casi mismas siglas-, había decidido pasar a la acción y, arropada por los miles de votos cosechados, demostrar a toda esa gente que no habían depositado en ellos su esperanza en balde: en ese marco de situación, la súplica de Ricardo Carnicero a su prometida le puso en el disparadero del partido y en una envidiable (por alguno de los miembros más radicales) posición para ser cabeza de lanza en las primeras misiones, planeadas en las largas reuniones ácimas de los martes por la tarde. Enamorado hasta el tuétano, hasta la raíz, de Araceli y de lo cárnico, Ricardo decidió que unas tiernas brochetas bien valían el esfuerzo y dijo que sí a todo lo que le plantearon, actitud un tanto suicida si se observa a posteriori, pero romántica que te mueres en todo caso, y ahí es donde el zagal merece todos mis respetos y por eso es que relato su historia pudiendo contar la de tantos otros. Total, que con la boda firmemente asentada y con los terneros ya colgando bocabajo como vulgares remedos de San Pedro, Ricardo Carnicero Arias cogió un alsa provincial e interminable hasta Sevilla y se personó en la Maestranza en plena corrida de la feria de abril, con la sana intención de secuestrar a punta de astado al diestro Gonzalo "Chicuelón" Tiznaja y, por teléfono y con falsete, presentar sus reivindicaciones -cuya premisa mayor pasaba por la creación de un estado laicista, antitaurino y vegetariano- de cuyo cumplimiento dependía directamente el que los familiares de Chicuelón pudieran volver a verlo con vida.
Como en la facultad había leído a Konrad Lorenz, y dado que la ECDLL le había dejado libertad de movimientos a la hora de ejecutar el plan, se le ocurrió que podía soltar uno de los toros, charlar con él amigablemente, montarlo a lo Aníbal, y presentarse en el vestuario de Chicuelón espada en mano, amenazante. La cosa salió mal desde el principio -si no fuera por la evidencia de las formas aquí cabría decir que el plan era ridículo y descabellado-: el bóvido seleccionado, de nombre Trilero, era manso como uno de esos charcos absurdos que se forman en mitad de la playa San Lorenzo cuando baja la marea, si bien no olía a nitratos, además de estrábico y patizambo, por lo que en vez de cojear hasta los vestuarios se equivocó de camino y prefirió la calle (aunque aquí acaso influyeran sus improbables ansias de libertad: cansino, el animal, no parecía tener querencias ni arrebatos). A la salida de la plaza, y perseguidos por un guardia de seguridad que se había percatado de la jugada, Trilero se puso nervioso, metió la pezuña donde no debía y acabó con su jinete de cabeza en el empedrado. La resultante -una fractura inconveniente de cuello, para Ricardo, y una vuelta al coso para ser largamente lidiado y despedazado, para Trilero- no satisfizo al respetable, que regresó a casa comentando lo aburrida que se estaba volviendo la fiesta nacional. A Araceli el disgusto le duró un par de meses, lo que tardó en apañarse con un gurú dietético que se anunciaba en internet y que se avino rápidamente al menú vegetal de la boda dispuesta. Su traje, sin embargo, hubo que ensancharlo un poco.
Monday, June 08, 2009
A costa de los phoskitos
Como me gustaba vivir mis asociaciones sicopáticas en la más rabiosa intimidad, prefirí no consultar al jefe de reponedores y, haciendo un poco de tripas corazón, saqué el número 57 en la pescadería y me puse a pensar que quizá la cosa no fuera más que otro vulgar truco de marketing para momentos de penalidad y angostura, aunque tenía su gracia que la fecha de caducidad de las alitas de pollo y la pasta de dientes con extra de mentol coincidieran. No obstante lo anterior, aquello que en sus inicios no pasó de ser un entremés, una bagatela, un tropezón entre contingente y jocoso, devino en clamor metabólico cuando, al repasar la lista entera de los productos de mi carro, descubrí que todos, hasta los phoskitos, prescribían el 12 de diciembre de 2009, doce del doce para supersticiosos y cabalistas. Enseguida sospeché una trama hilada en la sombra por los poderes fácticos que habitualmente marionetan el bacalao, una orquestación para promover el fin del mundo o para dar salida a algún lote antiguo de sardinas en escabeche: como no podía decidirme entre lo planetario y lo tangencial, y tenida en cuenta mi habitual incapacidad para hablar con extraños, dejé pasar ante mí la ocasión de, avisando a los de Gente o al Diario de Patricia -y si estuviera Patricia, ay, y no esa suplente atiplada e insípida- obtener mis cinco minutos de fama denunciando tejemanejes tabernarios en el colmado de mi barrio; y, como quien dice: si total qué más da, pedí otro gallo extra por si acaso a Rifas le sobrevenía un antojo de madrugada.
Pero mis silencios pronto se volvieron amarguras: todos en el súper sabían que sabía y, como consecuencia, los pasillos se llenaron de miradas capciosas, delictivas y culpables entre las que era capaz de localizar una película de nerviosa intranquilidad recubriendo pomelos y cajeras, un comportamiento desagradable y accidentado en la manera de sisarme unos céntimos en las vueltas, un conspicuo caos de papel higiénico en oferta y gel de baño en marcas blancas sobrevolándolo todo; y un juego constante de miraditas, de cuchicheos y de guiños bajocaja me confirmó que también muchos clientes estaban al tanto de lo que allí se cocinaba, si es que eran clientes y no se trataba de meros actores, figurinistas contratados para dar color, ambiente y fondo a aquella patraña infecta de repugnantes manipulación e intriga. Una mañana de agosto en la que soportarlo no pude más, le abrí mi corazón, a golpe de herrumboso abrelatas, a Flor-Amable García Ruiz, la segunda ayudante de frutería, porque siempre me había gustado que fuera al trabajo peinada con coletas y quería ver en sus pequeños ojos casi orientales un velo de complicidad y ternura y unas ganas horribles de llevarme al catre. Así que mientras imaginaba el delantal de Flor, aliñado con tatuajes de picotas y aroma de limones a granel, en el suelo de mi dormitorio, a merced de la corriente y de Rifas, y a ella misma ofreciéndome dulcemente su pistilo en una oblación exquisita sobre las sábanas de raso, la llamé a un proscénico aparte , en el que fingí interesarse por la madurez de una caja de fresón de Huelva, y le hice partícipe de mis sospechas más fundadas, pidiéndole comprensión y consejo a una cada vez más horrorizada Flor.
Según entendí más tarde, ya con las mangas de mi nueva camisa blanca abrazándome en un nudo inasequible, la reacción de la frutera (desencajada, mustia y un poco temblorosa, sí, pero a primera vista sonriente) fue la de dejarse medio dedo apretando con disimulo el botón rojo de alarma de pensamiento independiente, oculto bajo el mostrador de los tomates y los pepinos, pidiendo ayuda a gritos sordos al encargado del pasillo siete quien, quiéralo dios, vería la llamada en su garita y en forma de luz parpadeante y aviesa, y acudiría de inmediato a sofocarme sin llamar mucho la atención, que hay clientas mirando, haz el favor, Julio. Ni la policía, ni el médico de guardia, ni el chico encargado de quitar y poner los electrodos me hicieron mucho caso mientras me extendía en razonables explicaciones, bien sazonadas con retortijones, alaridos y espumarajos, prometiendo portarme de maravilla si relajaban el nudo marinero que me mantenía inmóvil, aunque de lo único que tuviera ganas es de partirle a alguien la cabeza en dos con una silla. Los primeros meses, en fin, pensaba que si me hubiera llevado a Rifas aquella mañana al súper, él me habría comentado lo de la alarma silenciosa y juntos podríamos haber puesto pies en polvorosa; ahora, en cambio, me alegro de haber venido a vivir aquí: la comida es bastante buena, las paredes son de gomaespuma y a veces los miércoles por la tarde nos dejan jugar al parchís. Añoro a Rifas, sí, pero sé que sabrá arreglárselas sin mí: para ser un gato de peluche es bastante imaginativo, la verdad.
Pero mis silencios pronto se volvieron amarguras: todos en el súper sabían que sabía y, como consecuencia, los pasillos se llenaron de miradas capciosas, delictivas y culpables entre las que era capaz de localizar una película de nerviosa intranquilidad recubriendo pomelos y cajeras, un comportamiento desagradable y accidentado en la manera de sisarme unos céntimos en las vueltas, un conspicuo caos de papel higiénico en oferta y gel de baño en marcas blancas sobrevolándolo todo; y un juego constante de miraditas, de cuchicheos y de guiños bajocaja me confirmó que también muchos clientes estaban al tanto de lo que allí se cocinaba, si es que eran clientes y no se trataba de meros actores, figurinistas contratados para dar color, ambiente y fondo a aquella patraña infecta de repugnantes manipulación e intriga. Una mañana de agosto en la que soportarlo no pude más, le abrí mi corazón, a golpe de herrumboso abrelatas, a Flor-Amable García Ruiz, la segunda ayudante de frutería, porque siempre me había gustado que fuera al trabajo peinada con coletas y quería ver en sus pequeños ojos casi orientales un velo de complicidad y ternura y unas ganas horribles de llevarme al catre. Así que mientras imaginaba el delantal de Flor, aliñado con tatuajes de picotas y aroma de limones a granel, en el suelo de mi dormitorio, a merced de la corriente y de Rifas, y a ella misma ofreciéndome dulcemente su pistilo en una oblación exquisita sobre las sábanas de raso, la llamé a un proscénico aparte , en el que fingí interesarse por la madurez de una caja de fresón de Huelva, y le hice partícipe de mis sospechas más fundadas, pidiéndole comprensión y consejo a una cada vez más horrorizada Flor.
Según entendí más tarde, ya con las mangas de mi nueva camisa blanca abrazándome en un nudo inasequible, la reacción de la frutera (desencajada, mustia y un poco temblorosa, sí, pero a primera vista sonriente) fue la de dejarse medio dedo apretando con disimulo el botón rojo de alarma de pensamiento independiente, oculto bajo el mostrador de los tomates y los pepinos, pidiendo ayuda a gritos sordos al encargado del pasillo siete quien, quiéralo dios, vería la llamada en su garita y en forma de luz parpadeante y aviesa, y acudiría de inmediato a sofocarme sin llamar mucho la atención, que hay clientas mirando, haz el favor, Julio. Ni la policía, ni el médico de guardia, ni el chico encargado de quitar y poner los electrodos me hicieron mucho caso mientras me extendía en razonables explicaciones, bien sazonadas con retortijones, alaridos y espumarajos, prometiendo portarme de maravilla si relajaban el nudo marinero que me mantenía inmóvil, aunque de lo único que tuviera ganas es de partirle a alguien la cabeza en dos con una silla. Los primeros meses, en fin, pensaba que si me hubiera llevado a Rifas aquella mañana al súper, él me habría comentado lo de la alarma silenciosa y juntos podríamos haber puesto pies en polvorosa; ahora, en cambio, me alegro de haber venido a vivir aquí: la comida es bastante buena, las paredes son de gomaespuma y a veces los miércoles por la tarde nos dejan jugar al parchís. Añoro a Rifas, sí, pero sé que sabrá arreglárselas sin mí: para ser un gato de peluche es bastante imaginativo, la verdad.
Wednesday, June 03, 2009
La cebolla es escarcha, cerrada y pobre
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
Mollar aprendiz de Marco Polo, siempre que cruzo la frontera y estoy lejos se me ocurren ideas peregrinas para viajes venideros de las que me desprendo fácilmente, sí, -inconstante, yo, como la luna- pero q
Tan dichosos estábamos, henchidos de puro fiordo, que nos quisimos morir, anoche, cuando acudimos imprudentemente después de la llamada de Noche tras Noche (vid rpa) al preestreno asturiano de "La escarcha", o "The Frost", coproducción hispano-noruega, basada en una pieza teatral de Henrik Ibsen -dios mío y aún así fuimos- y ópera prima (y esperamos que última) de Ferrán o quizá Ferran Audí, cortometrajista catalán curtido en las excelentes y tenebrosas tablas noruegas, guionista él mismo de la cinta prima y a cuyo bautizo astur asistió entre las bambalinas del teatro de la Laboral
-rediez, cuántas veces no habrá sido capaz el andoba de tragarse su propia criatura, de cabo a rabo, como un indolente Víctor Frankestein- acompañado, bien regia en el porte y trémula sonrisa al saludo, de la actriz principal, mi musa de juventud Aitana Sánchez Gijón. Si la Noruega de Ibsen_Ferrán es la que nos espera, Mery, si ese cuajo de personajes frenopáticos y verborreicos y ojerosos y prozaicos representan al nórdico común, si ese cartonaje con armario ikea y televisión de plasma sobre fondo blanco palpitante es el escenograma plano habitual escandinavo yo, qué quieres, me quedo en Atocha, id est, jamás mi sombra pretenderá oscurecer su umbral. Me has jodido Noruega, Ferrán, tío.
-rediez, cuántas veces no habrá sido capaz el andoba de tragarse su propia criatura, de cabo a rabo, como un indolente Víctor Frankestein- acompañado, bien regia en el porte y trémula sonrisa al saludo, de la actriz principal, mi musa de juventud Aitana Sánchez Gijón. Si la Noruega de Ibsen_Ferrán es la que nos espera, Mery, si ese cuajo de personajes frenopáticos y verborreicos y ojerosos y prozaicos representan al nórdico común, si ese cartonaje con armario ikea y televisión de plasma sobre fondo blanco palpitante es el escenograma plano habitual escandinavo yo, qué quieres, me quedo en Atocha, id est, jamás mi sombra pretenderá oscurecer su umbral. Me has jodido Noruega, Ferrán, tío. Temporalidad difusa, montaje azaroso, color telefunken con el verde fundido, metafóricamente reprobable e improbable e imposible, sosa, lenta y chillona -mención al margen merecería el genio del diseño musical, el Sr Viento, y sus gritos pianísticos desagradables-. Los personajes, poco creíbles en un mundo nada interesante y de paisaje mutilado, no dejan de hablar de sí mismos, de mostrar sus sentimientos, de darle vuelta al calcetín empático en un torpe intento por atrapar al espectador (a quien ya las costillas han empezado a dolerle por culpa del mal asiento y del peor doblaje) sensibilizándolo con sus problemas que a nuestros ojos asoman vulgares y carentes de cualquier interés. Al final, cuando los dos puñados de espectadores abandonábamos boquiacontecidos el recinto laboral, alguien se arrancó por soleares y hubo tímidos aplausos que sonaron más a te concedo el esfuerzo que a muy interesante tu peli. La última imagen, la que me deja sin vacaciones de verano en las islas Lofoten, me persigue mientras abandono el teatro: el director y su actriz aislados, al fondo, con la sonrisa colgada de la cara, esperando que alguien se acerque a felicitarles por el trabajo, casi encogiendo los hombros como quien pide disculpas por no poder haber llegado a más aunque en esto, querido Ferrán, como en casi todo, la incapacidad no es eximente.
Del pastón que se haya podido gastar el Principado o el consistorio gijonés financiando este casposo proyecto por cuarenta miserables segundos de metraje en los últimos dos minutos de película-una visión sesgada de la escalera ocho de la playa San Lorenzo y otra más frontal de la mastaba de Correos- mejor no hablo: los miércoles prefiero la lasaña al ardor de estómago, la verdad. ¿Alguien se viene a Kenia?

Saturday, April 25, 2009
La vuelta engaña: gijonesismo neotestamentario (a true story).
Pero volver, volver, volver, digo, no era tan sencillo. Bastaba, es cierto y está escrito más abajo, con entrar en Gijón desde la autovía minera e ir bajando por Ramón y Cajal con las ventanillas a media asta y los ojos como platos para reincorporarse al olor del salitre y al horizonte no tan lejano, pero inconfudible y bajo, con sus tonos plomizos de gris marzo y el reflejo espumoso en cada golpe de mar. Pero una cosa era poner pie a tierra y otra muy distinta retornar al flujo sanguíneo (de rojo y blanco vestida siempre ese sangre, sportinguista ella hasta el refajo) que vertebra estas venas como calles, antiguas y arrugadas y oxidadas, como si nada, como si nuestro hueco hubiese estado disponible desde entonces, absueltos de los pecados capitales -en doble acepción, principales y ovetenses-, y no hubiera que pagar ningún recargo. Se demostró, en fin, que necesitábamos ponernos al día en asuntos patrios, que la multa pertinente y pertinaz se te metía en los huesos sobre todo por la tarde, nada más terminar la hora de la siesta, y te dejaba un regusto de tristeza gelatinosa que te impedía llegar hasta el puerto deportivo para dar un paseo entre las barcazas de ocasión y los yates disminuídos, escuchando el primer movimiento del concierto para violín y orquesta opus 35 de Thaikovsky.
Vedados, pues, los paseos de tarde y muy Gijón mío, hasta nuevo aviso o fin del sancionamiento autorizado, quisimos poner en práctica un plan sacramental de unciones saladas para poder recuperar el apellido y las sensaciones fetales en su acolchado útero más placentero que placentario. Ocultos por la noche, con pasamontañas, sigilo y bañador, umbríos por la pena y casi brunos, bajamos hasta la playa por la escalera dos armados con una garrafa vacía de cinco litros y un algo de travesura adolescente en el aire y en el agua, entre las compresas vomitadas por una mar gruesa de fuerza cuatro a cinco. El plan consistía en hurtarle un chorrito de agua al cantábrico para, ya en la serena pila baustimal de Menéndez siete -también fregadero-, ungirnos luego ceremonial y alternativamente en un desesperado intento por reingresar en el gijonesismo activo de tres copas en la plaza del marqués y un puñado de churros al alba, en el Mayca, cabezeando el chocolate manchado con pegotes de rímel. La suerte quiso -o fue la fortuna o el destino o la casualidad- que una patrulla local pasara por allí en el preciso momento en el que sumergíamos las garrafas en el oscuro mar espumoso, frío y arremolinado, desconociendo ampliamente -pero la ignorancia no nos eximía al parecer de culpa- que era delito llevarse el agua del cantábrico a casa, aunque fuera en pequeñas dosis bautismales por una buena causa ritual.
Multados y ajenos y desgraciadamente anónimos todavía, nos soltaron a la mañana siguiente después de una aleccionadora noche insomne en los calabozos de la comisaría que pasamos practicando el tres en raya en la pared de la celda con polvo de ladrillo y otros juegos de interior en grupo para días de lluvia. Volvimos a casa caminando, borrachos de sueño por entre los arcos de Marqués de San Esteban, dando por sentado que no nos queda otra que ir regateándole la miseria al tiempo hasta que el verano nos otorgue la posibilidad de hacernos fuertes en los merenderos, en la playa al atardecer, en el lavaderu con las primeras horas de la noche, sumando pipas y pochas mal jugadas y bocatas de tortilla y un par de botellinas, para poder acaso lograr una aceptación por costumbre y quién sabe si con el tiempo cierta redención pecaminosa. Porque volver a casa, para un hijo pródigo imposible, requiere algo más que un breve acto de contrición y si te fuiste no me acuerdo, algo por encima de dejarte ver en los aledaños del Molinón los domingos por la tarde de tenebrismo y angustia, algo muy íntimo que has de estar dispuesto a dar si no quieres que la ciudad te olvide, enterrado por la borrina húmeda que parece colgada en las ventanas del segundo, por la niebla informe de la madrugada. Gijón, he pecado.
Vedados, pues, los paseos de tarde y muy Gijón mío, hasta nuevo aviso o fin del sancionamiento autorizado, quisimos poner en práctica un plan sacramental de unciones saladas para poder recuperar el apellido y las sensaciones fetales en su acolchado útero más placentero que placentario. Ocultos por la noche, con pasamontañas, sigilo y bañador, umbríos por la pena y casi brunos, bajamos hasta la playa por la escalera dos armados con una garrafa vacía de cinco litros y un algo de travesura adolescente en el aire y en el agua, entre las compresas vomitadas por una mar gruesa de fuerza cuatro a cinco. El plan consistía en hurtarle un chorrito de agua al cantábrico para, ya en la serena pila baustimal de Menéndez siete -también fregadero-, ungirnos luego ceremonial y alternativamente en un desesperado intento por reingresar en el gijonesismo activo de tres copas en la plaza del marqués y un puñado de churros al alba, en el Mayca, cabezeando el chocolate manchado con pegotes de rímel. La suerte quiso -o fue la fortuna o el destino o la casualidad- que una patrulla local pasara por allí en el preciso momento en el que sumergíamos las garrafas en el oscuro mar espumoso, frío y arremolinado, desconociendo ampliamente -pero la ignorancia no nos eximía al parecer de culpa- que era delito llevarse el agua del cantábrico a casa, aunque fuera en pequeñas dosis bautismales por una buena causa ritual.
Multados y ajenos y desgraciadamente anónimos todavía, nos soltaron a la mañana siguiente después de una aleccionadora noche insomne en los calabozos de la comisaría que pasamos practicando el tres en raya en la pared de la celda con polvo de ladrillo y otros juegos de interior en grupo para días de lluvia. Volvimos a casa caminando, borrachos de sueño por entre los arcos de Marqués de San Esteban, dando por sentado que no nos queda otra que ir regateándole la miseria al tiempo hasta que el verano nos otorgue la posibilidad de hacernos fuertes en los merenderos, en la playa al atardecer, en el lavaderu con las primeras horas de la noche, sumando pipas y pochas mal jugadas y bocatas de tortilla y un par de botellinas, para poder acaso lograr una aceptación por costumbre y quién sabe si con el tiempo cierta redención pecaminosa. Porque volver a casa, para un hijo pródigo imposible, requiere algo más que un breve acto de contrición y si te fuiste no me acuerdo, algo por encima de dejarte ver en los aledaños del Molinón los domingos por la tarde de tenebrismo y angustia, algo muy íntimo que has de estar dispuesto a dar si no quieres que la ciudad te olvide, enterrado por la borrina húmeda que parece colgada en las ventanas del segundo, por la niebla informe de la madrugada. Gijón, he pecado.
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