Merde alors ¿por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este balance elegiaco en que ya sabemos que el juego está jugado.

Wednesday, May 28, 2008

Efemerízame I

(A partir de hoy, y hasta nuevo aviso, iré colgando en este corchopan todos los textos que, por algún motivo u otro, no superen la censura radiofónica, para que no se pierdan en el país de iré y no te radiaré)

28 de Mayo de 722, Batalla de Covadonga.

Primer soldado: A ver, repítemelo otra vez que no me ha quedado muy claro: ¿por qué tenemos que echar a esta gente de aquí?

Segundo soldado: Porque son hijos del demonio, solo hay que ver sus caras negras y esos ojos que dan miedo. Han traído el mal a nuestras montañas, la desgracia, la muerte.

P s: Bueno, sí, pero también el papel, ¿te acuerdas cuando teníamos que escribir sobre aquellos gruesos pergaminos?

S s: Es verdad, el papel nos lo trajeron los árabes, pero vamos, tampoco es gran cosa, el papel, bah.

P s: Y las acequias y los canales de riego, eso también es cosa suya,la agricultura ha mejorado un montón últimamente, no me lo negarás.

S s: Es cierto, ahora podemos llevar agua a todas partes, aunque eso se le podía haber ocurrido a cualquiera, ya ves tú, sistemas de riego: minucias.

P s: Y el álgebra, y la astronomía, y los mapas y la brújula, la ciencia ha dado un paso de gigante desde que el Al-Andalus habita por aquí.

S s: Vale, está bien, el álgebra, la astronomía, los mapas y la brújula son inventos árabes, pero ¿qué más?, ¿qué más nos han dado?

P s: No sé, nada, nada más.

S s: Exacto! Nada, no nos han dado nada, más que violar a nuestras mujeres y matar a nuestros hijos. Hay que echarlos de aquí cuanto antes.

P s: Bueno, ahora que lo pienso, tienen unos médicos asombrosos, nuestra medicina estaba en pañales antes de que ellos llegaran, un puñado de curanderos y mercachifles formaban nuestro sistema sanitario. Seguro que recuerdas cuando Rosa la de Llanes se rompió una pierna en el bosque, hará un par de meses. Si no llega a ser por aquel médico andalusí, no lo cuenta.

S s: Basta ya! Los echamos porque todos los libros de historia dicen que tenemos que echarlos y punto. Tú agarra bien esa piedra y al primer moreno que pase le abres la cabeza en dos. Hombre ya.



Tuesday, May 27, 2008

Trata de adaptarlo, P, por dios, trata de adaptarlo.

A Sidney Pollack

Este silencio sin excusa pesa sobre mi alma, querido lector, más de lo que soy capaz de echarme en cara, y me ha tenido acogotado mayo entero, inapetente y revuelto, un poco insoportable y con las manos apagadas, rendidas, en pausa prolongada. Me encantaría contarte que he ido aprovechando el tiempo para leer mucho, para ir al cine, para vivir mientras mis cuentos se iban amontonando en el tintero, y en la retina y en el cerebelo. Me encantaría contarte que, como justo hace un año, mis silencios los motiva un inesperado viaje por el adriático en el que se hiciera efectivo aquello de que para contar bien hay que admirar primero. Me encantaría, en fin, justificar mi ausencia con alguna frase categórica y heremítica del tipo: "me he encerrado a terminar mi primera novela, volvemos en septiembre". O que la culpa la tuviera la lluvia. O el Sporting.

Pero no, lo cierto es que desde que me ofrecieron una pequeña colaboración en un programa de radio nocturno, (de ámbito local y audiencia breve), y acepté, perdí la llave que abría mi puertablog, tapiando de paso la entrada al camino que me llevaba hasta ti. Una noche cerré con Juan Jesús Huerta dando sus primeras clases de guitarra y de pronto, no sé bien cómo, han pasado veinte días. Días de mucho y poco, días de nada, de charcos y cortes de pelo, de los que quizá solo se salve el momento en el que escuché mis palabras en la radio, en boca de otro pero mías, mi prosa que es mi voz para los que están lejos, y mi patria. Y si me perdonas, lector, si disculpas mis dislates, mi comportamiento avestruz, mayo habrá merecido la pena. Y que conste que tenía planes para nosotros, pensaba traer mis textos radiofónicos aquí para intercalarlos, y para recordarte que pienso en ti aunque calle. Pero fui incapaz de adaptarlos, perdían fuerza y color y sustancia (aunque quizá no la hubieran tenido nunca) al pasar por el filtro blog y me parecían impropios e injustos y torpes, endebles y vacíos. Ahora creo, sin embargo, que necesitan su propio espacio, no muy lejos de este puñado de papeles que sigo gastando en tu nombre, pero definitivamente otro espacio, y único, cuyo prólogo y final, cuya razón de ser sea mi primera aventura en las ondas, aventura que acaso se prolongue o amplifique, y si es así serás el primero en saberlo.

Y la mordaza se hizo migas por culpa de una frase y una muerte. La frase tuvo su origen en Albert, como casi siempre, y aunque no dijo exactamente lo que yo quise oir, me pareció que todo cobraba sentido de pronto y de nuevo; y lo que quise oir fue: "Además, Yolanda está muy cerca de Bélgica". Y no me importó que intentaran corregirme, ya mi mente gaseosa intentaba averiguar quién podía ser Yolanda y qué hacía tan cerca de Bélgica y porqué, estando tan cerca, no cruzaba la frontera, ¿tenía quizá prohibida la entrada al país, la habrían desterrado o repatriado o condenado a seis décadas de alejamiento nacional?. Todo eran sombras pero supe, en ese entonces sabatino y ovetense supe que Yolanda necesitaba mi tinta para cuajarse y respirar y luchar por regresar a Bélgica, de la que vivía muy cerca pero en la que nunca acababa por entrar. Y esta mañana, una muerte, la de Sidney Pollack, casi me obliga a fingir una de tantas gripes febriles, (en mí es lo normal), para quedarme en casa a escribir, para contar mi historia con mayo y dedicarle unas líneas a Pollack y ventilar todo esto un poco, para tirar abajo los muros que me alejaban de ti, lector, querido lector, después de veinte días de radio, silencio y lluvia.






I had a farm in Africa, at the foot of the Ngong hills. The Equator runs across this highlands, a hundred miles to the North, and the farm lay at an altitude of over six thousand feet. In the day-time you felt that you have got high up, near to the sun, but the early mornings and evenings were limpid and restful, and the nights were cold. (Isak Dinesen, Out of Africa)

Tuesday, May 06, 2008

En ocasiones veo huertos

A Juan Jesús Huerta la noticia de que lo jubilaban le llegó en un momento horrible y por carta certificada. Llena de timbres, sellos y estampas gubernamentales, la carta era más bien un sobre grande donde se le daban órdenes, instrucciones y consejos. Acababa de cumplir 52 y, aunque había dedicado toda su vida a la agricultura y conocía los rigores del cultivo rotacional y cómo se las gastaban los próceres de la patria en asuntos agrarios, la resolución 2/97, aprobada por la cámara europea, que le condenaba a un barbecho obligatorio de seis años, le había pillado totalmente desprevenido y con los papeles del divorcio aún calentitos sobre la encimera de la cocina. Después de varias décadas de bonhomía vegetal, pensó, la vida parece darme al fin la espalda. Para colmo, el tractor era el único quitapenas eficaz que conocía: ¿cómo iba a evitar ahora pensar cada segundo en Julia?.

Así que hizo lo que le pedían el cuerpo, el tractor y la campiña -por no hablar de los cuatro temporeros simpapeles que tenía viviendo en un sótano oculto en el cobertizo, al que se accedía mediante una falsa alcantarilla sobrevolada de paja y estiércol-: desoyó las amenazas, las recomendaciones, los avisos admonitorios, los el satélite agrosat muestra una actividad impropia en sus parcelas, señor Huerta, y siguió arando como si no fuera con él la cosa. Por las noches, cuando echar de menos a Julia se hacía insoportable, y se mezclaba con el dolor de espalda arrojando una resultante pastosa y melancólica, salía al porche, se sentaba ahorcajadas en una silla de cocina y dejaba pasar las primeras horas de la madrugada tiritando estrellas y planeando siembras. Una de esas noches de morriña agrícola se durmió sobre el respaldo de la silla de cocina y el amanecer le sorprendió con una tortícolis galopante y una visita inesperada, automovilística y monocroma. Desde su retorcida (por el dolor) realidad, el vehículo aparcado frente a su casa hacía unos cuatro metros que había dejado de ser un utilitario, era negro y relucía. De su interior, aunque esto ya eran inferencias con tortícolis, habían salido tres tipos largos y anchos, empotrados, gafapásticos y con simpáticos trajes color pistacho y mocasines. Cuchicheaban, señalándole, aunque al ver que se había despertado, el de la derecha subió la voz y dijo: Huerta, le dijimos que no cultivara usted más, hombre, ¿tan difícil le resultaba cumplir con su deber y aceptar la 2/97?. Ay, suspiró, y le hizo una seña al tercer hombre, que se había situado estratégicamente detrás de Huerta. Después de oir el crunch, y aunque era evidente que el hombre desplomado sobre su porche no le escuchaba, añadió: mire lo que nos obliga a hacer.


No estaba acostumbrado a despertarse dos veces al día así que, cuando abrió los ojos, Juan Jesús Huerta pensó que la visita gubernamental y violenta de color pistacho había sido un mal sueño. Luego vino el dolor de cabeza, el olor a sangre seca y los tres pares de pies mocasinados que lo miraban desde el sofá grande. Estaba maniatado, tendido en el suelo, bocabajo, chupando alfombra. Gafapástico vozcantante volvió a tomar la palabra: y bien, Huerta, ¿qué vamos a hacer con usted?. A esos tipos que tenía burdamente escondidos bajo una bala de paja ya los hemos despachado, pero usted podría sernos útil más adelante. Balbuceante, Huerta expuso sus motivos, habló de las nostalgias, de su exmujer, del tractor, de sus vacíos. Al terminar, una bruma de comprensión y empatía se había acomodado en el salón, entre los hombres de pistacho. Está claro que lo que necesita es un hobby, Huerta, dijo vozcantante mientras los pistachosilenciosos le desataban y le sacaban al porche, y nosotros se lo vamos a proporcionar. Ante las confusas protestas de Huerta, los pistachosilenciosos le fueron arrancando la ropa sin apenas cuidado, hasta dejarle en calzoncillos. Traed el 14b, ordenó vozcantante, nos irá de perlas. Los mudos ayudantes fueron hasta el maletero de aquello que no era un coche por, al menos, cuatro metros, y al regresar le encasquetaron a Huerta el kit multihobby 14b, que para su estupor era un disfraz ochentero con camiseta de Iron Maiden, peluca negra de polipropileno, vaqueros desvaídos y chupa de cuero tres tallas mayor. Le pusieron una Gibson en una mano, una Mahou templada en la otra y retrocedieron unos pasos para contemplar su obra. Dentro de un par de horas vendrá un profesor para empezar las clases de guitarra; él traerá todos los discos, pósters y muñequeras que necesita. Vamos a hacer de usted un hevyata, Huerta, ya lo verá. No tendrá tiempo para acordarse de la azada o del tractor. En cuanto a su mujer, no se preocupe, volverá, también nos hemos encargado de eso.



Tuesday, April 29, 2008

La realidad (A Dita Von Teese, al fin soltera)

Salí de correos despacio, deslizándome entre divino y angustiado, sintiendo un leve vacío en el empeine y cierta dificultad motriz, usual dadas las circunstancias. Procuraba mirarme de reojo en los escaparates, sin pararme nunca del todo, y a veces creía distinguir fugaces destellos rojos y brillantes según caminaba, como discontínuos fogonazos en los que me parecía entrever algún tipo de alfabeto luminoso cuyo significado desconocía, pero cuya existencia daba la sensación de revelarse solo a mi paso, y eso me hacía sentirme especial, único, envidiado y como ocho centímetros más alto. En el cénit de mi paseo por el centro comercial, pensé que recorrer los pasillos de la sección de librería sería un poco como callejear por la zona antigua de cualquier ciudad y la cosa me pareció arriesgada y a la vez romántica y puede que también algo bohemia. Así que cogí las escaleras mecánicas que bajaban al segundo piso y esa fue la puerta de acceso hacia la catástrofe. En un primer instante me situé cómodamente en la fila de personas que descendían agarradas a la barandilla, temiendo que quizá el cambio de nivel pudiera provocarme algún acceso fatal de vértigo; luego me dio miedo pensar que los que iban detrás de mí empezaran a cuchichear y malentendieran la situación, creyéndome uno de tantos depravados que andan sueltos por ahí, así que casi al final del recorrido me volví para ahuyentar las censoras miradas de mis perseguidores, y ese fue mi gran error. Me precipité en la media vuelta, perdí barandilla e intenté agarrarme al bolso de la señora que iba bajando justo delante de mí, pero esta creyó que le estaba robando así que me dio un codazo que me hizo rebotar y me mandó al otro lado, al carril rápido donde choqué de cabeza con el soporte de goma que separa las escaleras de subida con las de bajada. Mareado, indispuesto, indignado y avergonzado intenté forzar al máximo mi salida de las escaleras y, en el último instante, cuando ya me creía a salvo y por fin en tierra firme, metí el tacón de mis flamantes Jimmy Cho rojos de 400 euros en la rendija que se traga la escalera sinfin. Oí un golpe seco, unos gritos y un creciente chirrido mientras el típico olor a motor quemado empezó a invadirlo todo como una neblina acusadora. Alguien llamó a los de seguridad y pensé que me iba a desmayar.

El juego había comenzado en clase de narrativa como una propuesta del profesor Ayuso, que nos instaba a deslexicalizar la realidad para poder transvasar luego las experiencias acumuladas al papel y así lograr que nuestros relatos se desmarcaran del habitual contorno criminalísticoamoroso en el que todos recaíamos una y otra vez. Para deslexicalizar la realidad, nos explicó Ayuso, es necesario desoír las normas básicas, vulnerar el sentido lógico de las cosas, nadar a contracorriente por el río de la vida. Es cierto que su fuerte no eran las metáforas de corte ontológiconatural, pero me sentí muy identificado con su manera de pensar, así que me puse manos a la obra en cuanto llegué a casa. Googleando por ahí, mirando esto y aquello, se me fue el santo al cielo y acabé pululando por las páginas de casi siempre, entre faldas de cuero y botas de altísimo tacón. Como buen fetichista militante, no podía obviar los cantos de sirena del pvc y, en un momento de lucidez, vi claro lo que tenía que hacer. Deslexicalizaría mi realidad luchando contra el pánico absurdo que tenía a que la gente supiera de mis correrías fetichistas: me compraría unos zapatos de mujer. Y eso hice: entré en la página de Jimmy Cho, escogí unos que me gustaran, los pagué y esperé a que me los enviaran por correo. Lo de probármelos a la salida de la estafeta de Los Prados no estaba en el guión, la verdad, pero eran tan preciosos y tan de mi número que me dije: al diablo.






Y ahí estaba yo, completamente lexicalizado, veinte minutos después, sin capacidad alguna de movimiento, con el tobillo atrapado por los zapatos y los zapatos atascados en la escalera mecánica, aguantando las miradas del respetable y los comentarios irónicos del guarda de seguridad, que trataba blandamente de contener al gentío mientras charlaba con el tipo del servicio técnico que acababa de llegar. Uf, pues este motor va a haber que cambiarlo, está pa' tirar, dijo, y va para rato: tengo que aflojar la cinta, sacar los rodillos, subirla de este lado y tratar de sacar el zapato. Ponle una hora, como poco. Lo suyo sería cortar el zapato para que el chaval pueda sacar el pie por lo menos, creo que tengo una sierra de calar en la furgoneta. Ante la posibilidad de que me arruinaran mis Jimmy Cho, cogí al del servicio técnico de la solapa roñosa de su mono y le dije: ni se le ocurra, mi pie y yo nos quedamos, pero el zapato ni me lo toque. Con mi negativa atraje hacia mi lado, hacia la causa escorada por la medioausencia de uno de los tacones, a una parte importante del público, incluso una señora me animó desde la tercera fila: di que sí, hijo, que son preciosos.






¿Y al final?. Pues ya me ve, doctor, al final mi madre no entendió gran cosa de lo que traté de explicarle entre balbuceos, me tiró a la basura mi colección de Nancys góticas y me obligó a tres horas semanales de terapia. Para serle sincero, no creo yo que fuera para armar tanto revuelo, ¿no?.




Saturday, April 26, 2008

Postales desde el vinilo

No puedo imaginarme un lugar mejor. A veces me despierto a media noche con la sofocante necesidad de tocar arte, de respirar arte, de morder arte, de vivir. Me incorporo, me siento en el borde de la cama y cojo un libro de mi biblioteca, improvisada sobre la cama de invitados que nace desde la mía como una t, como una prolongación, como un recodo, como una esquina. No enciendo la luz todavía: toco el libro, paso mis dedos por el lomo atravesando el polvo, lo huelo, lo abro. Como nunca bajo la persiana soy capaz de distinguir ríos de letras y muchas pausas a la escasa luz de las farolas de la calle. Como no puedo leer a oscuras me imagino que es mi propia novela la que transcurre, una que yo haya escrito o la que alguien escriba sobrevolando mi vida: tocar un libro me hace sentirme más humano, me acerca al mundo que comienza allí donde las farolas vigilan la noche, más allá de la t que es mi cama y mi biblioteca, más allá de todo el polvo acumulado en mi cuarto, en el segundo A de Velázquez seis, el pequeño y desaliñado palacio en el que sueño desde hace casi tres años (nunca había escrito una frase con tantas eñes, pienso, qué maravillosa letra, me digo). Sin mirar el reloj sospecho que son las tres, quizá las cuatro, de la mañana: una hora perfecta para sentirme P.

El arte me envuelve como un torbellino delicado de viento, inofensivamente me vibra la ropa, me revuelve el pelo, me hace temblar. Lo que yo llamo arte, el apasionado momento en el que una canción se hace tuya cuando, en el minuto 2 y 12 segundos, entra el bajo acompañando de fondo, vagamente, a las guitarras principales. Luego vendrá el piano, y los violines, pero aún no, todavía es rock sin apellidos, sin zarandajas sinfónicas. Estoy vivo en una canción, respiro si acaricio un libro, me muero un poco siempre que termina una película de las que enganchan. ¿Qué es la luz de las farolas?. ¿A dónde conduce el camino cuyo prólogo es mi t?. Este cuarto barroco es mi corazón y mi caperuza, mi coraza un poco, mi ternura a veces. Después de dejar el libro de vuelta en su estantería de algodón 100%, levanto la mirada y repaso mis paredes azules. Cada póster es un relato, un trozo de mi vida, una explicación de P, de sus meandros, de sus tortuosas avenidas. Bogart e Ilsa con sombreros, los búhos solitarios del café de Nighthawks, la piazza S Marcos en plena construcción, los protagonistas de una saga espacial y Giovanna Tornabuoni me velan, o quizá me vigilen. El arte me vigila, me sospecha, me atestigua. Mi relación con la luz de las farolas se mueve como dedos punteando una guitarra, a veces caricia, a veces mordisco, a veces me apetece abrir la ventana para despertar a los vecinos con La Barcarola de Offenbach, que quizá os suene de La vida es bella, en ese maravilloso momento en el que Benigni la pone a todo trapo en el gramófono del campo de concentración, buon giorno principessa.

Si estoy en el messenger, mientras espero alguna frase desde el otro lado, pienso que el aviso que te anuncia que P está escribiendo un mensaje podría variar, modificarse de alguna manera, mostrar estados de ánimo, decir por ejemplo: P estaba escribiendo un mensaje pero se lo ha pensado mejor, creyó que lo que iba a contestar era una tontería y borró todo lo que había escrito, ahora está mirando al techo pensando en alguna frase ingeniosa, pero nada le viene a la cabeza, la resaca no le deja pensar con claridad y la fiebre tampoco ayuda: espera un minuto, tal vez vaya a la cocina a tomarse un fluimucil y en el ínterin se le ocurra algo impactante, una de esas frases para la historia; y si no, tampoco pasa nada, solo será un minuto. Pero cosas así nunca suceden, la realidad virtual no para de repetirse como una monotonía cíclica y machacona. La música, los libros y el cine nos hacen salirnos del ciclo por un rato o, mejor, aproximarnos tanto a él que perdamos de vista los bordes, las barandillas y las cúpulas y nos quedemos solo con el mero centro, con la pulpa, con lo que llena y agrede, con la esencia agria de las cosas. He pasado media tarde viendo Almost famous (Dreamworks, 2000), tirado en mi vieja cama en casa de mis padres, con el portátil sobre las rodillas, pensando en la música y en el pasado. Me da cierta pena haberme perdido los 70 y ahora no es plan de volver a los pantalones de pata de elefante, a los chalecos floreados y a los flecos y a las chupas de ante (bueno, a las chupas de ante sí que sería genial volver); ni siquiera tiene sentido drogarse ya, todo eso ha pasado. Vivimos en la época de generación triunfo, en la música de diseño, en la canción de un verano que dura doce interminables pero fugaces meses. Joder, hemos olvidado el rock. Yo no quiero olvidar el rock, no quiero malgastar mi vida...¿por qué necesito ser intenso cada jodido minuto?. Una tardenoche de agosto, sentado en las escaleras que hay justo detrás de la iglesia de San Pedro, viendo atardecer, hablaba con L de todas estas cosas, del tempus fugit, de lo miserable que me sentía a veces al tirar mis mejores minutos a la basura, de que la belleza reside un poco en la fugacidad, en la explosión, en la magnificencia del recuerdo. El sol se estaba ocultando y todo parecía perfecto, una verdadera postal desde el vinilo, sin filo. Entonces me cogió de la mano y me dijo que tenía razón y que aquel momento en particular ya había explotado y que había que empezar con las cañas. Sí: necesito a alguien que me diga cuándo parar para no estirar demasiado lo que podría mancharse si se exprime.






Monday, April 21, 2008

De genomas y escarchas



A Inés, recién aterrizada, y a Luna, con 19 meses de imperdonable retraso: todo lo que tus ojos alcanzan a ver, hijo mío, será tuyo algún día.






Esta tarde, mientras hacía la compra en el Alimerka, he aprendido algo nuevo sobre mí que me tiene un poco conmocionado: la piña colada me gusta menos de lo que creía que me gustaba. Esta realidad, sin ser desgarradora por sí misma, viene a incidir en la general sensación de abatimiento y dolor de garganta en la que me encuentro sumido esta semana. Me dejé, tal vez, llevar por lo novedoso y en lugar de meter en la cesta mi Sunny Delight sabor limón de toda la vida, que es cercano y es ameno y entra bien y funciona, escogí el de piña colada atraído por los colores ambarinos y por las promesas caribeñas. Una vez en el coche recordé que a mí el caribe me parece más bien horrible y sofocante, pero las bolsas viajaban ya en el asiento del copiloto y era tarde para cualquier devolución retractora. En mi nevera, me temo, deambulará este error colado durante semanas, hasta que a alguna mano afable le dé por hacer limpieza de campamento (soy incapaz de tirar nada que no lleve más de nueve meses caducado) y nos libre y me libere. La conclusión que saco, y llevo pensándolo unos diez días, es que verdades en principio tautológicas sobre P y sus alrededores, que antaño participaban de la indestructibilidad de los dogmas de fe, parecen estar ahora teñidas con la fragilidad de un andamio Curri.




Lo del dolor de garganta es uno más de los síntomas de la enésima gripe de la temporada que hoy ha ido callejeándome desde la cabeza hacia zonas más extrarradiales, hacia las barriadas de brazos y piernas, y se ha asentado en la espalda, lugar común para todos los achaques que me abrazan. Así, tosiente pero encantado, me presenté anoche en la cola de Los Prados a mi primera sesión de ópera con palomitas. Sin miedo al que dirán, nos acodamos en la tercera fila y disfrutamos de un barbero de Sevilla bastante potable, aunque un tanto estruendoso. Ir al cine para ver una ópera le restó cierto glamour a la resultante, pero le otorgó un toque de casera comodidad, como ir a una recepción a la embajada de Canadá en zapatillas y batín, un espíritu de todo a cien que me encanta. Rossini parecía, a primera vista, una buena guinda a un día del libro que había pasado sin pena ni gloria por Velázquez seis. Y es que desde que M me abordó con la noticia de que, para el New York Times, La sombra del viento (ópera prima y lastimosamente no última, ni por lo tanto omnia, tampoco póstuma, eso no se lo deseamos a nadie, del celebérrimo, y rollizo, Carlos Ruiz Zafio, ese hombre) parece escrita a seis manos por, pásmense, Umberto Eco, Borges y García Márquez, los días son túneles de tinieblas, vivo sin vivir en mí y no muero porque la gripe está controlada con frenadol, que si no. El caso es que envidio a Zafio, más que por los demonios literarios que lo pulpifican, por lo hexagonal de sus extremidades: como yo suelo escribir agarrado a una botella de Barceló con la siniestra, el tipo me saca cinco manos, así cualquiera puede enfrentarse a una primera edición de un millón de ejemplares. Yo, en mi humilde blogcidad, prefiero tenerte conmigo, querido lector, a figurar en las vitrinas de las pescaderías y las farmacias, junto al cuarto y mitad de mero y a los frascos de Ceregumil. Y eso que a mí lo que de verdad me pide el cuerpo estos días es tener un bebé.




Sí, mis idolatrados todos, la genética está que bulle dentro de este amasijo de recuerdos que es P, sobre todo desde que el domingo fuimos a ver a la recién, y deliciosamente adorable, nacida Inés, segunda hija de Vicen, un gran amigo de la casa. Así que entre la piña colada, el sexo anal y la urgencia procreadora estoy conociendo a un P que ni en pintura hubiera asimilado hace once años. Hace once años, la cifra no es baladí, tuve mi última -y única- experiencia con la paternidad. Conté unas fechas atrás, ante este mismo auditorio, que mi primera experiencia sexual coincidió con el terremoto que hizo temblar España en mayo del 97, y que de alguna manera yo me sentía partícipe o responsable o motor de aquel tembleque. La chica se llamaba -y quiero creer que se sigue llamando- Paloma. Un día cualquiera de 1998, unos meses después de dejarlo y en uno de mis últimos viajes universitarios a Vigo, la vi o creí ver en Santiago, cerca de su casa, conduciendo un carricoche calle arriba. Estaba de espaldas y el corte de pelo era el mismo que yo había besado tanto aquellos días, también la estatura y el ensanche caderil coincidían: siempre creeré que era ella. Y como habían pasado varios meses desde nuestra ruptura otoñal puede, pero también puede que no, que en aquel carricoche viajara mi hijo, y ahora tendría casi once años, sería un preludio de adolescente galegoastur con nariz romana y pestañas interminables. Aunque todas nuestras relaciones tuvieron un estricto control profiláctico, nunca se sabe, quizá tenga ya el hijo que entonces no pensaba siquiera tener y ahora quiero. Sería un poco mayor para jugar con Inés y con Luna y con la hija de otro amigo, Andrés , que debería estar naciendo a estas horas, mientras escribo: niñas que no conocerán la escarcha, hambre sobre sus cunas. Tal vez me venga a buscar algún día, sí, eso pienso a veces y tendré preparada la historia de cómo creí verle una vez, al poco de nacer, en una calle de Santiago al lado de la estación de autobuses, una tarde de otoño gris y ventosa, pero sin lluvia. Aquel era otro P, eso seguro.







Friday, April 18, 2008

Prismas

Portiso, Amalia. [La verdadera histeria de Gunfio el Payaso], en Abracadabra, num. 73, pags 111 y 112.




Pero Gijón no duerme la siesta. Decenas de niños corretean por entre los bancos de la plazuela San Miguel bajo la atenta mirada de sus abuelas, fieles vigías con merienda. Desde mi mesa, a la vera de la ventana del Café di Roma, la tarde parece anclada en los innecesarios paraguas de la gente que pasa y en los vagos movimientos paulatinos del camarero de la terraza recogiendo tazas de café vacías y devolviendo vasos de agua con una piedra de hielo, si me haces el favor. Estratégicamente sentada de espaldas a la calle Uría, busco a Gunfio en cada rostro que aparece desde la oscura densidad de Menéndez Valdés como vomitado por una falsa boca de metro. En algún momento entre el segundo y el tercer cacaolat, el tipo de la mesa de al lado se da la vuelta, dobla el periódico y me sonríe. Tardo unos instantes en reaccionar pero, cuando al fin despierto, le elogio la puesta en escena: al parecer una parte de mí esperaba verlo llegar embutido en sus bombachos rayados , con los tirantes, los zapatones y el pelucón a juego, regalando flores de plástico y sonrisas enormes al personal. Aunque no intenta disimular las ojeras, las bolsas negras e hinchadas bajo sus ojos rasgados no le restan encanto o magnetismo a su mirada traviesa y burlona. Contraviniendo flagrantemente la ley doesnt de entrevistación, es Gunfio quien formula la primera pregunta: ¿tan viejo parezco a unos jóvenes ojos?. No será la última vez que parafrasee algún diálogo de La guerra de las galaxias: cuando intento llamarle por su nombre real me corta y, en una imitación torpe de Constantino Romero, me dice: "ese nombre ya no significa nada para mí". Le contesto que no, que al contrario, que le queda muy bien el traje, y que el efecto despeinado le da un toque juvenil muy atractivo. Aprovechando su incapacidad manifiesta para encajar un piropo, le atizo la primera pregunta.

Amalia Portiso: Gunfio, ¿cómo estás?
Gunfio: Bueno, bien, ya sabes, con el funeral y todo eso apenas he tenido tiempo para pensar. Supongo que es ahora cuando empezará lo duro, cuando tenga que afrontar la próxima feria sin él y las cartas de apoyo se vayan espaciando hasta apagarse.
Amalia: Está siendo duro para todos, la gente lo adoraba. Y a ti. Recuerdo que cuando era pequeña todos los niños queríamos tener a Redolat el Mago y a Gunfio el Payaso en nuestras fiestas de cumpleaños.
Gunfio: Y algunos lo conseguían, intentábamos llegar a todas partes, queríamos cambiar el mundo, como todos los jóvenes, con risas y juegos de cartas. Qué tiempos.
A: ¿No te costaba vivir a la sombra del gran Mago?
G (tomándose unos segundos para reflexionar y encendiendo un cigarrillo): No. No. Es algo que he oído estos años atrás, cuando Redolat cayó en la quetamina y la gente empezó a machacarle, venían y me decían que era mi momento, que ahora tenía la oportunidad de brillar con luz propia. Nunca nos entendieron: yo no era sin Redolat, su sombra justificaba mi existencia, por citar al poeta. Y no quería ser sin él: cuando me propusieron seguir con la serie sin Redolat yo solo acepté porque él me lo pidió, esto la gente no lo sabe, me obligó a coger el trabajo.
(...)
A: Hemos hablado ya de su madre, de Tatiana, de los años en el olvido. Me gustaría volver ahora a los últimos días: ¿te cogió por sorpresa que hiciera algo así, que se matara?
G: Se notaba que iba mal, que sufría por no poder darle al mundo su magia. ¿Terminar así?. Bueno, quería despedirse a lo grande, ya habéis visto la cinta, no quería dejarse manipular por ese puñado de hijos de puta, sí, puedes citarme verbatim, lo son, ellos lo mataron.
A: Gunfio, hay quien dice que vas a seguir los pasos de tu gran amigo: ¿es cierto que has pensado en el suicidio?
G: Nunca, ni en los peores momentos. Tengo planes, ¿sabes?. Tatiana quiere darle prioridad a lo de la Fundación Redolat para niños desfavorecidos y me apetece ayudarla en eso. Además estoy preparando un libro en el que recojo vivencias, anécdotas y muchas fotos de los años dorados: quiero que la gente conozca al Mago que yo conocí, al hombre. Tal vez luego me retire a una islita y nadie vuelva a saber de mí. Pero no, la muerte no está entre mis planes a corto plazo.

La última frase la dice levantándose ya. Deja un billete de cinco euros en el platillo, sobre la cuenta, aparta la silla y se despide hasta la próxima. Me apetece salir detrás de él y darle un gran abrazo, acercar mi frente a su boca sin mueca, oler su desgastada sombra de hacer reír. Pero el pudor me lo impide, la timidez me lo impide, el respeto me lo impide, no diferenciar si es él o soy yo la que necesita un abrazo me lo impide. Ahí se va un gran hombre, pienso. Al pasar por delante de mi mesa, al otro lado del ventanal, me dedica una última sonrisa, su viejo gesto de enarcar las cejas, que tanto nos divertía siendo niños, ahora parece una nostálgica huella sobre el polvo acumulado en un viejo desván. Y en un acto de puro mimo agarra un monociclo imaginario, se monta estrafalariamente en él, los zapatos de piel se alargan, se hinchan, enrrojecen; veo tirantes donde antes solo veía rayas diplomáticas y el efecto despeinado ha ido dejando paso a un enorme pelucón verde y rizoso. Esa es la última imagen que tengo y la que me llevo a casa: Gunfio el Payaso montado en su sempiterno monociclo, haciendo cabriolas para no caerse, fingiendo caerse para provocar mi risa. No puedo evitar una lágrima mientras cojo el abrigo, pago la cuenta y salgo del Café di Roma. En la plaza los niños ya no juegan, hace rato que se acabaron las meriendas y son testigos mudos de ese acabamiento las bolas de papel de plata que ruedan por los jardines de San Miguel a merced de un viento triste y racheado. Necesito una copa.


(Vesti la Giuba de la ópera I Pagliacci, los payasos, de Leoncavallo)



(E lucevan le stelle de la ópera Tosca, de Puccini)