Ha fallecido -injustamente- el crítico de cine Enric Faus, a los 63 años, víctima de una tajante enfermedad que solo sus familiares más cercanos conocíamos. Con una prudencia en él inédita, su luz de gas se apagó este lunes 7 de abril en el domicilio de la madrileña Calle Mayor donde vivía desde 2001. Faus, impecable en la reseña y despiadado en el comentario, participó -si no fue uno de sus creadores- en esa corriente crítica destructiva que arrasó en los años ochenta y que se llamó Análisis Final. Entiendo que él, como nadie, contribuyó a magnificar la figura del articulista cinematográfico sin escrúpulos y sin perdón. Hubo una época en la que la prensa especializada se lo rifaba y en la que no había fiesta, recepción o estreno que no contara con su figura breve y su frente sin novedad. En estos tiempos modernos, sin embargo, permanecía encerrado en su apartamento acosado por ingobernables ataques de vértigo y bailando, ya, con los lobos terribles y aciagos que, al cabo, han terminado por arrebatarle la risa sometiéndole al crepúsculo de los dioses. En semblanzas desproporcionadas, los que fueran sus jefes y colegas han dibujado la estampa de Enric Faus esta semana, destacando su diligencia, su melomanía y sus raíces profundas, dejando de lado esa visión personal y agotadora con la que lo aprehendía y lo diseccionaba todo, abandonando solo ante el peligro, como a un caballero sin espada, al que fue -he de decirlo ya- mejor crítico europeo del siglo veinte. Sucedió una noche, hace ya varios años, una anécdota que no me gustaría soslayar y que remarca a la perfección quién era Faus. Corrían los mejores años de nuestras vidas y muchos viernes íbamos a cenar con Sofía, su mujer, y con quien quiera que fuera mi pareja por entonces. Aquella noche en cuestión hablábamos -creo- de la eutanasia y, aunque aún no vivía con la muerte en los talones, Enric entró en modo flemático y circunspecto y con pausa y celo nos dijo (o le dijo a Sofía y nosotros éramos apenas espectadores de excepción): ¨cariño, si intentan otorgarme un premio cuando muera, una orden del mérito cinematográfico o un sofá honorífico en alguna academia rimbombante, recházalos todos. A mí no se me premia a título póstumo, no deseo que mi muerte sea la mayor de mis virtudes ¨. Ese era el Faus desconocido, el cazador en busca de una improbable quimera del oro. Como desconocida era, quizá, la faceta que más me gustaba y mejor pude apreciar de Enric: su inagotable labor literaria. Bajo el seudónimo de Bob Roberts -ahora ya no hay merma al arrancarle la careta, ni siquiera seré el primero- escribió alguna de las páginas más extraordinarias que yo haya tenido el placer de devorar. Títulos como Confieso que he bebido, La conjura de los pecios o Piensa en Vermeer, le sitúan como faro y puntal de la literatura finisecular en lengua castellana. Esta semana, en fin, se ha ido un mentor, un amigo, un hermano, uno de los nuestros: espero que haya encontrado ya su lugar en el sol que, para él, es seguramente la penúltima fila de un cine de barrio mientras allí pongan Ciudadano Kane, Sopa de Ganso o El halcón Maltés. Descanse en jazz.
Merde alors ¿por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este balance elegiaco en que ya sabemos que el juego está jugado.
Monday, June 09, 2014
Thursday, March 13, 2014
Confianza y ciega
Siempre he sido alérgica a la meditación y a la autoestima pero desde que conocí a Felipe, en la boda de mi prima Ángela, todo ha cambiado. Yo llevaba tres años dando tumbos por el mundo, hundida hasta las trancas en una depresión sentimental por abandono y matrimonio cesante que me tenía al borde del abismo, embutida en un pijama de franela y cambiando de vez en cuando de marca de ron tostado. Él era moreno, lenguaraz, agigantado e ingeniero de caminos y dirigía un grupúsculo de introspección y danzas orientales en un pueblo de Albacete. Enseguida congeniamos y al segundo cóctel de gambas ya estaba yo abierta en canal contándole mis miserias. En mí vio un claro caso de alcoholismo y falta de seguridad y decidió que dos meses de sesiones con su grupúsculo asertivo me harían falta para volver a empezar. Como soy muy fan de hacerle caso a la gente cuando deciden sobre mi vida, antes de que mi prima cortara la tarta ya había sacado por internet con el móvil un billete de autobús para Albacete. Como parte de las celebraciones nos llevamos otra botella de champán a la parte de atrás de su furgoneta (además de la introspección, ya que no le salía nada de lo suyo, se ganaba el pan con una línea de reparto de periódicos). A la tercera copa, mientras buscábamos mis bragas, planteó la posibilidad de comenzar con la terapia en ese momento y con las mismas salimos al aparcamiento. La primera tarea, me dijo, es la prueba de confianza: tú te pones de espaldas, te dejas caer y yo te recojo. Entiendo que por culpa del alcohol, y del orgasmo, me pareció una manera fantástica de retomar mi vida así que me di la vuelta, cogí aire, miré al cielo estrellado y me lancé. Como quiera que Felipe ya estaba de regreso en su furgoneta, metiendo la segunda velocidad y saliendo de allí a toda pastilla, aterricé sobre el capó de un coche aparcado y no me maté de milagro. Ahora me recupero de las heridas en el hospital y, mientras rezo porque no me queden secuelas motrices, he vuelto a hacer planes y a tomar las riendas de mi pequeña existencia: he decidido dejar el alcohol, el trankimazin y la gilipollez y apuntarme a yoga y a clases de pintura expresionista. Gracias a Felipe he comprendido que no se puede ser tan imbécil y que estoy desperdiciando lo bueno por un exceso de auto compasión. Le daría las gracias pero he descubierto que la tarjeta que me dio en el banquete era falsa y que nadie de los de la boda parece conocerle. Quizá ni siquiera se llame Felipe pero no hay duda de que podría ganarse la vida como sicólogo o como vendedor de tónico crecepelo.
Wednesday, March 05, 2014
Rodeos
Dije: ¨ya vendrá el mal tiempo¨. Y justo después del verbo dudé. No mucho, enseguida apareció esa perífrasis. Pero no es la primera vez, ir a buscar un sustantivo y encontrarme un vacío. Me aterra que pronto sean palabras que me importen más, que un día no pueda decirle a Elena que la quiero o reconocer a mis nietos. Si soy incapaz de nombrar la estación de las nieves que va después del otoño no sé si merece la pena vivir.
Monday, January 20, 2014
Óleo de una mujer con sombrero -versión para clase-.
Toda la vida he querido enamorarme de una mujer con sombrero, como en la canción de Silvio Rodríguez, así que cuando Sofía me adelantó por la calle Manso, la seguí. Fue algo instintivo, no parte de un plan elaborado a toda pastilla y sobre su marcha: la vi, me gustó y salí disparado buscando su estela. Que solo la hubiera visto por detrás no les restaba ni pasión ni enjundia a mis sentimientos recién adquiridos: la quería. Cómo no quererla, con esa espalda rectilínea y apesadumbrada -fruto tal vez de la natación y la culpabilidad-, ese cuello breve y blanquecino, esas piernas fulgurantes y atroces. Ni siquiera era seguro que Sofía fuera su verdadero nombre pero yo lo necesitaba para poder manejar con mayor competencia mis sueños y mis perversiones: Sofía era corto, musical y tenía cierto empaque: como un disparo de advertencia en un atraco de medio pelo. No me permití un segundo de tregua cuando la vi girar donde el café Gales -convertido hoy en no sé qué cervecería de diseño- y avanzar por Menéndez Pelayo hasta la calle Uría. A la altura de la iglesia de los Capuchinos se detuvo brevemente para encender un cigarrillo y la pude observar con mayor intensidad unos segundos, sin darme a conocer todavía. En un alarde de perfección todo en ella era simetría y parquedad. Monocromática y desmesurada, daba caladas intensas cuyo humo descendía desde sus alturas para que yo lo buscara entre los restos de una colonia metálica que no pude dilucidar y el dióxido de carbono de los coches que atestaban Gijón aquel martes por la mañana. Aprovechando el anonimato de un semáforo en rojo pude adosarme a su cintura: vestía una chaqueta como de pana, o de fieltro, que le daba aspecto de salvaje animal indomable y apenas habría bastado un instante para que el dorso de mi mano hubiera acariciado su lomo a contrapelo, generando un tsunami de hebras al viento que habría provocado en mi piel esa abrasión blanda y dulce, esa descarga eléctrica con sordina que tantas veces es una metáfora perfecta del amor y que otros llaman alergia. Pero seguimos camino y no la toqué sin embargo. No llegó a molestarme que en lugar de zapatos de tacón calzara unas botas vaqueras de suelo plano: detalles que en otras solo hubiera consentido en caso de alguna inoperable distrofia ortopédica, a ella se lo permitía con una pasividad propia de los herbívoros más rumiantes: cosas como el calzado, o que fumara o que midiera casi veinte centímetros más que yo eran minucias desechables comparadas con el ardor bajoventral que iba yo sintiendo ya desde hacía un buen rato. Casi al llegar al centro me decidí a actuar. Estaban a punto de dar las doce y, sospechando que se fuera a meter en una tienda -algo poco probable- o que estuviera haciendo tiempo hasta que llegara la hora de su clase semanal de violonchelo -esto lo creía yo más-, la intercepté a la altura del quiosco de la plazuela de San Miguel, fingiendo un tropezón con una farola inoportuna. El sombrero era, sin duda, espectacular, pero lo que me sorprendió de verdad fue su barba canosa, su nuez del tamaño de una pelota de tenis y su tono de voz rasposo como una cerilla quemada. Parecía un tipo bastante majo: se llamaba Ricardo y vivía en el Coto. Antes de pensar más estupideces, me disculpé con un par de tartamudeos y me fui rápido a casa, sin volver la vista atrás. Han pasado diez días y aquí sigo, metido en la cama, meditando. Estoy bastante preocupado, la verdad, porque siempre he sido de esos tipos que no permiten que la realidad les joda una buena fantasía y toda la vida he querido enamorarme de una mujer con sombrero, como en la canción de Silvio Rodríguez.
Monday, December 23, 2013
Constante amor
Querida Silvia:
Te escribo porque a veces me parece que no era coña aquello de darnos un tiempo. Podría llamarte pero sé que a estas horas no cogerás el teléfono, como nunca lo haces en horario de oficina, mientras despachas facturas y asientos contables. Además, estoy en la consulta del dentista -no es nada grave, no te preocupes, apenas una revisión- y no me parece el sitio ideal para quererte en voz alta: hay algo entre el sabor del anestésico local y el ruido del torno que es la aniquilación del romanticismo. Así que te escribo y como no tengo papel ni boli lo hago directamente en el bloc de notas del teléfono móvil. Quizá luego, cuando llegue a casa, pase a limpio la carta y te la mande: me parece importante compartir contigo unos cuantos destellos de cariño y homenaje, supongo que estas pequeñas cosas son lo que otros llaman quererse: ya sabes que nunca he sido muy bueno para las definiciones. Hay una señora dos sillas incómodas más allá que no para de mirarme. Tiene la mano envuelta en un pañuelo y el pañuelo apoyado en un espantoso flemón que le supura y le palpita. Me mira y me censura, creo que es una de esas mujeronas de vida pavorosa que odia la tecnología y la felicidad. Le llora un ojo pero es incapaz de cualquier melancolía. Sé que está deseando introducirme el móvil sin pomadas por vía rectal, lo veo en sus cejas retorcidas y en su frente sin novedad. Me está poniendo nervioso y no me deja adorarte como es debido, no paro de pensar en adjetivos turbulentos y rellenos de cianuro y supongo que es otra explicación, pero esta vez odontológica, a la ausencia de fluidez normativa que siempre ha habido entre tú y yo. Nosotros es un intrincado sendero pedregoso lleno de obstáculos y de actores secundarios, una angosta carrera de ciento diez kilómetros vallas sin depilar y sin dorsal. Y ahora que lo escribo me está sentando de cine esta asunción alambicada, si no detestara a los griegos diría que escribirte es catártico y euclídeo, aunque de esto último no estoy muy seguro. Por lo tanto, te propongo que cuando la recibas -si al final llego a casa y la reviso, la considero digna y te la mando- me contestes a vuelta de correo y experimentes los efectos purificadores que tienen los besos por escrito. Porque después de tus últimas frases creo que nos merecemos una tarde noche de reconciliación, confidencias y largos besos. Estoy seguro de que no pensabas en serio eso del tiempo, que era un toque de atención, una manera de advertirme que tenga cuidado en lo sucesivo, que mi inacción, mi pereza, mi desgana y mis rarezas podrían estar fracturando el amor que con tanto tacto nos tenemos. O nos profesamos, no sé si el amor se tiene o se profesa, lo que sí estoy seguro es de que se transpira, se oxigena y se marchita, sobre todo cuando no lo riegas con paciencia y atenciones. Bueno, y si estás muy ocupada y no me puedes contestar de tu puño y letra, dame un toque al teléfono o pásate por casa y lo charlamos: nuestras diferencias son tonterías frugales de solución sencilla. Escoge el medio que prefieras pero dime algo pronto que han pasado ya tres años desde que te fuiste de casa y no quiero pero empiezo a pensar que lo decías en serio.
Te quiere,
José Luis.
Friday, December 06, 2013
Cuento con moraleja -taller literario III-
Un Palacio en la moraleja
Acuciado por las prisas busqué refugio en la prensa local. Por culpa de mi ética relajada, o por total ausencia de interés, los cuentos con moraleja siempre me habían parecido absurdos o superfluos así que era incapaz de escribir ninguno y pensé que quizá alguna noticia del periódico pudiera darme una idea. Como es habitual desde que estoy en el paro, me puse a leerlo de dentro afuera, dejando para el final las noticias de política internacional, la televisión y el tarot, y empezando por los avisos personales y las ofertas de trabajo. Enseguida un anuncio captó mi atención: “Se requiere consejero real para monarca venido a menos“. Adjuntaba un número de teléfono y un nombre de contacto, un tal Luis Gonzaga. El asunto me parecía divertido, e interesante, así que prioricé el patético estado de mi cuente corriente sobre mis profundas convicciones republicanas y llamé a Gonzaga, que me citó en palacio al día siguiente.
Aunque de palacio tenía poco: era más bien un piso coqueto, exterior, todo de parqué, de unos 120 metros y situado en un bloque de viviendas al final de la calle Ezcurdia, casi llegando al Molinón. El propio Gonzaga me recibió, me enseñó las diversas estancias -salón de música no había, biblioteca sí- y me contó por encima en qué consistía el trabajo. El monarca, me dijo, o su majestad, no es un rey real, con posesiones y rancio abolengo, es un joven alegre y decidido que sufre la enfermedad de hubris, o de Aquiles, un mal poco común que le mantiene recluido en casa padeciendo insoportables e inconstantes delirios de grandeza. De ahí que se crea real. La suerte de haber nacido en el seno de una familia con posibles le permite rodearse de una corte de ayudantes valiosos y, para él, fundamentales: sin nosotros no podría vivir. Yo soy el ujier y estoy interno, al igual que el chambelán y la doncella. Otros ayudantes, como el senescal, el maestro de capilla o los condestables -no pregunte para qué necesita su majestad condestables si no hay caballerizas y mucho menos caballos-, esos, van y vienen. Su último consejero lo dejó el mes pasado aquejado de unas fiebres reumáticas y aquí es donde entra usted: sus deberes son vagos y cambiantes, dependen del humor y las necesidades del monarca, que le irá pidiendo, a cada paso, consejo sobre asuntos de la más diversa índole. Si le interesa el puesto, empezaría mañana.
He trabajado en sitios peores así que acepté, aunque la soldada no fuera digna de todo un consejero del rey. La verdad es que el curro era sencillo y su majestad bastante fácil de llevar. Desde el principio congeniamos: charlábamos constantemente sobre historia o astronomía o fútbol sala, mientras yo le aconsejaba prudencia en el color de los calcetines y si era mejor té o café después de una comida poco calórica. Podía haberse convertido en el trabajo de mi vida, pero entonces apareció ella. Judith era la dama de compañía y venía a palacio todos los miércoles a pasar la tarde con su majestad, al que ella -y solo ella- llamaba Jorge. Caer en sus redes de intensos abrazos y furtivos besos fue cuestión de semanas, aunque yo me hubiera lanzado sobre su estela el primer día, en cuanto la vi deslizarse por la alfombra del pasillo embutida en un traje dieciochesco y con la cabeza plagada de tirabuzones y ambrosía. Hubo promesas, se habló de huir juntos a algún reino muy muy lejano, de robar un caballo y empezar de cero en cualquier parte, pero el destino tenía preparado para nosotros otro final más trágico. Incautos, como solo pueden ser los enamorados, dimos en yacer en la cocina a la hora de la siesta y un inesperado bocadillo con jamón de media tarde nos pilló con las enaguas al viento y los pudores coleando. Se armó un revuelo de mil demonios y, después de un corto juicio sin muchas preguntas, a ella la condenaron al destierro y a mí a morir decapitado. Verdugo que yo sepa no tenemos pero mientras tanto y no aquí estoy, encarcelado en una celda que es más bien una despensa, mantenido a pan y agua y esperando que todo esto se resuelva pronto porque la tensión me está matando. A Judith no he vuelto a verla.
Wednesday, November 20, 2013
Vivir del cuento: historia del mendigo -taller literario II-
Hay diecisiete pasos de mármol desde las puertas batientes hasta el ascensor. En él caben seis personas adultas y tarda veintinueve segundos en subir desde el vestíbulo hasta el piso número siete, donde yo solía trabajar. Cuando empezaron los recortes éramos ochenta y cuatro trabajadores en plantilla. Ayer se bajaron en la séptima planta cincuenta y dos. Todavía no he contado en casa que me han despedido, no sé bien cómo hacerlo ni creo que haya llegado el momento de confesar así que mantengo el despertador a las seis y media todas las mañanas, me pongo el traje y salgo de casa. La única diferencia es que en vez de papeles ahora en mi maletín de cuero llevo un disfraz de mendigo y que me bajo del autobús dos paradas antes de lo que lo hacía. Y, en ese tránsito de 814 metros hasta el edificio de oficinas, me desvío un poco de mi camino, me oculto detrás de unos contenedores en un callejón apartado y me cambio un traje por otro, un disfraz por otro. Guardo el maletín en una bolsa de plástico de la que saco un arrugado sombrero de fieltro, escondo la bolsa debajo de los contenedores, me revuelvo un poco el pelo y camino durante cuatro minutos y doce segundos hasta la esquina donde ahora trabajo.
Todos mis excompañeros pasan por delante de mí cada mañana y voy repitiendo sus nombres como una especie de oración matutina, como un conjuro de buena suerte. Aunque los conocía a todos y sabía cómo se llamaban, nunca me había percatado de que teníamos cuatro Josés y tres Eduardos, cinco Marías, dos Rebecas, seis Elenas y una Margarita, un Delfín, un Arturo y una Sonia. Ninguno de ellos repara en mí ni me reconoce, me ignoran al pasar envueltos en sus conversaciones banales, no se fijan en el mendigo desaliñado que pide limosna al pié de las puertas batientes de su oficina, aunque no me importaría que una de las Elenas, una Rebeca y al menos dos de las Marías cayeran en la cuenta y me miraran, me supieran allí y se pararan a charlar: jamás le seré infiel a mi mujer pero tengo mi corazoncito. Una vez que todos han entrado ya en el edificio me pongo a trabajar. Como nunca llegué a mileurista he calculado que necesito ganar cuarenta y cinco euros diarios para mantener mis balanzas y que en casa nadie note que me han despedido. Con el finiquito, en su momento, me compré una pizarra, tres paquetes de tizas blancas y una antología con los mil mejores poemas en lengua castellana y, cada mañana, personalizo mi pizarra con la fecha y un poema de la antología que escojo al azar o según sea mi estado de ánimo o la climatología preponderante -he notado que Benedetti es mucho más lluvioso que Neruda y que éste no soporta el granizo mientras que Miguel Hernández sí-.
Pizarra en mano, asalto a los viandantes y les dejo leer el poema escogido por el escueto precio de un euro (a decir verdad ahora ya no necesito asaltar a nadie, son ellos los que me piden su ración matinal de lágrimas y tristeza o risas y anhelos y amores eternos) Es una calle muy ajetreada así que a la hora pasan una media de quinientas diecisiete personas: basta con atraer la atención de ocho viandantes cada hora para tener cubierta mi necesidad diaria hacia las tres. Cuando eso sucede dedico la tarde a pasear por el parque, a leer la antología en cualquier banco amable esperando la hora de volver al traje, a las mentiras y al hogar. Cuando no, si por ejemplo llueve y la gente no tiene ganas de poesía y los paraguas lo llenan todo con sus fríos tentáculos avinagrados, invado la marquesina del autobús ayudando a subir al que lo necesite y brindando los buenos días con alguna flor amarilla robada para la ocasión en cualquier aburrida rotonda. De momento me va genial y estoy pensando hacer horas extra alguna noche de viernes para sacarme cuatrocientos o quinientos euros de más y poder llevar a la familia a eurodisney en agosto.
Hay diecisiete pasos de mármol desde el ascensor hasta las puertas batientes del edificio de oficinas en el que antes trabajaba y ante el cual ahora trabajo. Hoy se bajaron cincuenta y dos personas en la séptima planta pero solo volvieron a salir cincuenta y una. Al parecer sigue habiendo recortes y despidos y no todo el mundo se lo toma con filosofía. He podido calcular que se tardan tres segundos y medio en caer desde la ventana del séptimo piso hasta el suelo delante de mi sombrero. Y en morirse. El suicidio es una salida fácil que yo nunca tomaré porque me importan demasiado las tres personas que me esperan en casa al caer la noche, así que de momento seguiré vendiendo poemas a un euro mientras me dejen, alguien me ha avisado de que la SGAE planea al acecho.
Saturday, November 02, 2013
Madera Precoz -taller literario I-
La noche de casi verano en la que mi prima Verónica me llamó para contarme que Pinocho acababa de mudarse al segundo B, yo había ido de cena con unos amigos. Al principio no quise creerla -y no solo por el historial de ficciones y medias verdades de mi prima-: me parecía imposible que una celebridad como él fuera a acabar sus días en un pueblecito recóndito en mitad de ninguna parte, Asturias. Estaba claro que Verónica lo había confundido con otro. Luego, entre el vino del Bierzo, el ron Barceló y mi espíritu soñador me convencieron de que tal vez, quién sabe, fuera posible qué, cosas más raras se habían visto y por echarle un vistazo no se perdía nada. Le dije al camarero que me envolviera para llevar un trozo de tarta de queso casera y me presenté, zigzagueante y eufórico (controles de alcoholemia al margen) en casa de mi prima. Entre los dos, y en un periquete, pergeñamos un plan de ataque que incluía una cálida bienvenida vecinal y una generosa porción de escote -todo el mundo sabía de qué pie cojeaba Pinocho-. Nunca sabré si fue gracias a la tarta, a la sinuosa insinuación bajo el exiguo jersey de angora de Verónica o a que el viejo muñeco tenía ganas de charlar, pero enseguida nos hicimos fuertes en el salón del segundo B, parapetados detrás de unos chupitos de orujo de hierbas, tuteando a uno de los personajes más singulares del siglo XX.
Como casi siempre en mí, primero habló el alcohol. Surqué vertiginosamente los alrededores de su mudanza, los cómo tú por aquí que a priori parecían lo más chocante del asunto -trasteando con el google earth me pareció un barrio tranquilo, respondió con pesadumbre o puede que fuera nostalgia-, y pasé pronto a temas más controvertidos, más antiguos, más sin respuesta. Yo había sido uno de esos niños pinochistas convencidos que habían bebido los vientos por aquellos ojos turbios y aquel mentón afilado y leñoso, y que se habían sentido traicionados el 17 de marzo de 1984, el día en el que Pinocho fue acusado formalmente de la muerte de su padre. Aunque luego pareció demostrarse que no, que las causas de la muerte de Gepetto eran todas naturales, que el presunto parricida no había tenido nada que ver (y por lo tanto fue absuelto), en la calle existía el rumor de un acuerdo bajo cuerda entre el abogado defensor y la acusación estatal para salvaguardar la imagen de quien tanto suponía para tantísimos niños. Pinocho salió, pues, indemne pero muchos -entre los que siempre estuve yo- le consideramos culpable de la muerte de Gepetto y nunca volvimos a quererle igual. Así que, por todos aquellos niños, por mí mismo, aproveché que volvía de la cocina con más orujo y algo para picar para preguntarle a bocajarro: ¿fuiste tú? ¿tú mataste a Gepetto? Para nuestra sorpresa, y después de un silencio de casi 20 años, comenzó a hablar.
-No le guardo rencor, ¿sabéis? A mi padre. No le odio, aunque podría, nos dijo. Después de todo lo que me hizo. Yo era un niño feliz, de movilidad escasa y lágrimas complicadas, sí, pero feliz. Disfrutaba por las noches con mis baños de barniz o de resinas sintéticas, lo pasaba fenomenal con mis amigos en el colegio e incluso me habían dado el papel de silla decimonónica en la función teatral de fin de curso. No podía mentir pero, qué demonios, las mentiras están sobrevaloradas. Todo iba de maravilla, pero para Gepetto ese todo era poco. No le valía con que de un par de troncos astillados un hada azul hubiera dado vida a un muñeco contrahecho y jorobado, no. Tenía que seguir insistiendo, quería más, quería un niño de carne y hueso, con lo que duele la carne. Y rezó y rogó hasta que sus súplicas fueron atendidas y un buen día me desperté sin bulbos y sin clorofila. Podéis imaginar mi estupor, mi contrariedad, mi aprensión, mi soledad. (La verdad es que no podíamos, pero no se lo dijimos). Todo en lo que había creído, todo lo que era y lo que había sido, de pronto no existía. Aquella noche infecta, al volver del cole -sin amigos y sin sitio en la función del colegio: al parecer un ser humano no daba bien para el papel de silla-, intenté olvidarme de todo por un rato con un relajante baño: las resinas me provocaron quemaduras en el 30 por ciento de mi cuerpo, nadie me había explicado que los niños normales no se bañan con barniz, pero Gepetto estaba contento y tenía lo que anhelaba. Y aún así yo no odio a mi padre. Nunca había tenido una gripe o una depresión y de la noche a la mañana descubrí el dolor, el hambre y la miseria, pero Gepetto estaba contento y tenía lo que anhelaba. Y aún así yo no odio a mi padre. Años más tarde, cuando intenté llevarme a la cama a mi novia de entonces, me encontré con que había partes de mi cuerpo que aún participaban de la inercia propia de las maderas (según creo en el mundo de las hadas azules el tema del sexo carece de importancia), o quizá se habían ido al garete esa noche iniciática de resinas y quemaduras, pero Gepetto estaba contento y tenía lo que anhelaba. Y aún así yo no odio a mi padre, podría, pues la lista de reproches es interminable, pero no le odio.
-La pregunta era si le mataste tú, no si le odias.
-Pues claro que sí, dijo, yo maté a ese cabrón, y volvería a hacerlo.
Mientras se lo llevaban esposado, pensé en cuán a menudo los cuentos de hadas salen mal.
Sunday, August 04, 2013
Y cómo se llamaba la otra pata
Creo que he cambiado de escena favorita de Mary Poppins y me resulta raro no haberme dado cuenta mucho antes y pienso que quizá es porque de un tiempo a esta parte -no vienen al caso los motivos- no paro de verla (entera o fragmentada, sobre todo sus momentos más musicales) y he reparado en cosas que antaño no veía o daba por pueriles o simplemente ignoraba. Mientras que en ese remoto pasado, cuando me tocó verla las primeras veces, adoraba el Jolly Holiday y su coro de granja y su anything for you Mary Poppins, hoy prefiero un momento más gris, más triste, más intimista y mucho más real -acaso es que con los años he perdido fantasía-. Casi ya al final, cuando George Banks lleva de la mano a su familia a volar cometas al parque y cantan el Let`s go fly a kite y se encuentran allí con su jefe del banco y con Bert repartiendo globos, Mary les observa desde un ventanuco de la casa deliberadamente oscuro, hace una mueca a medio camino entre la risa y el llanto y parece que se alegra por el deber cumplido pero a la vez le da pena partir. Ahora está sola en esa casa porque los niños ya no la necesitan y pronto cogerá su paraguas y se irá con el viento a otro lugar pero mientras les ve irse por la acera y reunirse en el parque donde flotan las cometas, y se ríe y se canta, durante un agónico segundo de mueca y suspiro dan ganas de llorar.
El año que viene se cumplen 50 años del estreno de Mary Poppins y es inevitable pensar en lo viejos que nos hemos hecho. Aún le dará tiempo a Julie Andrews, a la que el cine ha ido olvidando, a celebrar esa fecha como celebró en 2005 el 40 aniversario de The Sound of music, aunque desde hace dos años seguro que ya no tiene muchas ganas de celebrar nada, desde que se fue Blake Edwards al que seguro recuerda con tristeza todos los días, después de 40 de matrimonio. Supongo que el tiempo solo pasa despacio en Sildavia y que a todos se nos van viendo ya las costuras, como a una película vieja. Incluso a mí, que empecé estas letras hace casi ya 7 años sin saber muy bien a dónde ir, desvalido y a punto de los treinta, y ahora tengo una familia que me vela y me desvela. Para todos pasa, ese tiempo, pero principalmente para Harrison Ford.
Lo supusimos al ver aquellas imágenes de quinceañero despistado con pendiente diamantino y una Calista esquelética al brazo, pero ahora ya es oficial: Han Solo está muy mayor. Hemos visto 42 esta semana, la última película de baseball y sentimientos, ese género tan accidentado, que nos llega de Hollywood. Poco que decir al margen de que cuenta la historia del primer jugador negro en militar en un equipo de las grandes ligas, los Dodgers de Brooklyn, cuyo innovador y achacoso presidente es Harrison. El emotivo resto ya os lo podéis imaginar pero, si he de quebrar una lanza, diré que podría caer en el melodrama facilón, empantanándose, y no lo hace: si acaso es un poquito larga. Un 6.5 bien resuelto. Mis ídolos se van llenando de polvo. Ni siquiera imagino cómo será su -confirmada- presencia en lo nuevo de Star Wars que cocina la Disney bajo el padrinazgo de J J Abrahams (bendito tu Fringe sobre todas las series), lo que tengo bastante claro es que los días de Han Solo de lanzarse por terraplenes y pilotar naves han quedado ya muy atrás, si acaso lo veo en el papel de hipotético holograma, dando consejos a la joven generación Jedi desde un dispositivo usb. Entre tanto y no, desde aquí optamos por conservarnos en alcohol, a la espera de lo que pasar pueda.
Monday, July 29, 2013
Gone Girl contra Greyfinger
Aunque mis letras están a veces plagadas de sexo nunca he disfrutado con la literatura erótica, no me gusta leerla ni soy capaz de escribirla, jamás podría empezar ninguno de mis cortos cuentos con un y entonces le arranqué las bragas, literalmente me cuesta un mundo soplar nucas y no tengo amplitud de miras para morder almohadas: un tipo poco sensible soy, vaya. Creo que es por la sobredosis de adjetivos: me agobia que en esos libros todo sea de una manera determinada: los brazos hercúleos, el torso rocoso, la cadera delicada y los montes jugosos, como fruta madura. A mí, cuando estoy en el cutre, si me asaltan los adjetivos suelen ser flácidos, endebles, exiguos y apagados; estoy más preocupado en mantener cualquier incipiente erección alentadora que en componer detalladas listas de sinónimos tersos y metáforas de alivio. Y en la cama me pasa igual. La realidad es ir al trabajo en autobús un 7 de noviembre, que llueva, haga frío y estés pillando una gripe de cojones, nada de una cabañita en el filo de un lago plácido con un misterioso lord inglés versado en sadismo superficial y en caldos provenzales. Y yo, de lo que no sé no escribo nunca, y apenas leo nada, para no descentrarme.
Así que cuando voy a buscar libros me incomoda encontrarme con ciertas portadas subidas de trono, intento evitar esas secciones en concreto pero pareciera que lo carnal lo invade hoy día todo -de poesía griega a dramaturgia francesa- en un avance directamente proporcional a la disminución del largo de los pantalones cortos de las niñas de 16 años. Así, digo, no puedo evitar lanzarme en brazos de cualquier estupidez editorial con tal de prevenir otras lecturas más venéreas. Es el motivo por el que he leído estos días dos novelas que funcionan entre sí como contrapunto de lo que llamo la pretensión del escriba. Por un lado digerí con dificultad la primera novela de J K Rowling después del espantoso final de Harry Potter. Aburrida, con algún momento de nulo interés, intenta navegar en aguas dickensianas con herramientas nada dickensianas y se hunde en el Támesis de la mediocridad a pesar de que, por aquello de no confundirse en los momentos de pasión, su nuevo protagonista -aunque muerto- sea Barry, y no Harry. Lo único que hace aceptable Una vacante inusual es la esperanza, disminuida según se avanza penosamente, de que aparezca Longbottom en cualquier momento y haya alguien que se ponga a jugar al Quidditch. Un pestiño, en fin, de alguien que intenta escribir un buen libro y no puede. Los que lo consiguen una y otra vez con aparente facilidad son Preston y Child, o quizá es que escriben siempre el mismo libro y cambian, a veces, los nombres de los protagonistas. El cadáver, segunda novela del nuevo Pendergast, Gideon Crew, se defiende a sí misma con un ritmo rápido y una sucesión de persecuciones tibias y amenazas nucleares que, igual que como sucedía con los casos del viejo Aloisius, termina más o menos bien con un volveremos pronto. Se deja leer.
Y sucede de pronto que, aún con el cadáver de Harry -Querbert- templándose en las estanterías menos ruidosas, el nuevo bombazo editorial sacude las entrañas del mundillo literario. Gone Girl, tercera novela de la escritora americana Gillian Flynn. Incorporaba recomendación de Stephen King en la contraportada, así que no pude devolverla a su estante y no me arrepiento. Quizá sea el libro del año. Muy bien escrita, divertida a ratos, inquietante siempre, consigue que te pases 500 páginas odiándolos a todos sin tener muy claro quién es el bueno en esta historia de matrimonio que se rompe pero que no pero porqué. Es un libro tan complicado de dominar que justo cuando crees que estás surcando una de Sophie Kinsella o de Marian Keyes, te salta con algo de Tarantino o de Patricia Kornwell. Pasarás un rato estupendo averiguando qué coño ha pasado con Amy Dunne. Excelente y además también salen pollas y violaciones en botella, para los amantes de Grey lo digo.
Sunday, July 21, 2013
It´s a trap -Admiral Adback said.
Tengo medio calculada una tesis pectoral de ancho calado sobre la trampa como catalizador en las películas de acción americanas de los últimos veinte años. Es un proyecto ambicioso por lo que, probablemente, nunca lo lleve a buen puerto: me aburre profundizar, siempre he sido más de pasar un poco la mopa por encima y ya. Además, cada día surgen dos o tres nuevas pelis que se adscriben perfectamente en los parámetros de mi hipotética tesis, así que en cuanto se publicara estaría ya desfasada. Un martirio, con lo que odio estar pasado de molde. Sin ir más lejos, esta semana me he tragado con Nestea una que perfectamente podría engrosar el capítulo catorce de mi estudio: G.I.Joe Retaliaton, una verdadera venganza en asuntos cinematográficos. Mala a rabiar, con su habitual dosis de tiros y puñaladas, que solo repunta milimétricamente durante la breve aparición de Bruce Willis como General Joe, o quizá era Coronel. Otras dos horas tiradas a la basura, como si sobraran.
Un lugar común en todas estas producciones -rebosantes de efectos especiales, vacías de dignidad- es la tenebrosa figura gubernamental que se esconde siempre detrás del engaño. Y es que en el cine, como en la vida, los políticos han superado ya niveles de aceptación pública solo al alcance de los violadores, los pederastas y los banqueros. Si yo dirigiera un grupo paramilitar de élite y alguien del gobierno intentara contratarme, le pegaría cuatro tiros e iría corriendo a esconderme a una cabaña perdida en las montañas rocosas. Desafortunadamente nunca he sido un gran tirador, como he demostrado con creces en ferias y romerías a lo largo y ancho de los últimos veinte años. Tampoco he visto nunca de cerca un arma, y por eso soy incapaz de escribir novela negra. Como no hay una sin tres, también he visto Objetivo la Casa Blanca, que no aporta nada nuevo a las miles de películas en las que quieren cargarse al presidente -ya ven que no soy el único que finjo matar políticos- y, al fin, ya que Bruce Willis dominaba la semana, Jungla de Cristal 5: un buen día para morir, de la que se puede decir sin temor a equivocarse que un buen día para morir habría sido si me hubiera alcanzado la muerte antes de verla.
En qué te has convertido, John McClaine, ídolo de juventud, icono de la dureza irónica, quintaesencia de lo guarro atractivo (siendo lo guarro feo algo más parecido a Mourinho). Entiendo que a los sesenta años uno no pueda arrastrarse por el hueco del ascensor con el mismo estilo. Comprendo que la camiseta blanca de tirantes manchada de grasa, sudor y sangre empieza a no sentar tan bien. Soy capaz de asimilar que ni siquiera queden malos malísimos de altura -Alan Rickman, William Sadler, Jeremy Irons, incluso Timothy Olyphant y su cara de asco glacial, si se quiere uno pillar los dedos-. Pero desnudar a McClaine, quitarle los chistes buenos, las frases lacerantes, las salidas perfectas. Engendrar un apestoso guión a base de respuestas cortas sin mucho sentido, destrozar el centro de Moscú en una persecución de casi veinticinco minutos después de la cual uno se olvida porqué se persiguen con tanto afán. Matar la saga de cristal, digo, es un crimen que debiera condenar a los guionistas en cuestión al mismo infierno que a nuestros queridos políticos. Al menos antes también te robaban pero podías ir a ver una buena peli. Ahora, ahora el cine ha muerto y quizá nos queden las performance o MasterChef.
Un lugar común en todas estas producciones -rebosantes de efectos especiales, vacías de dignidad- es la tenebrosa figura gubernamental que se esconde siempre detrás del engaño. Y es que en el cine, como en la vida, los políticos han superado ya niveles de aceptación pública solo al alcance de los violadores, los pederastas y los banqueros. Si yo dirigiera un grupo paramilitar de élite y alguien del gobierno intentara contratarme, le pegaría cuatro tiros e iría corriendo a esconderme a una cabaña perdida en las montañas rocosas. Desafortunadamente nunca he sido un gran tirador, como he demostrado con creces en ferias y romerías a lo largo y ancho de los últimos veinte años. Tampoco he visto nunca de cerca un arma, y por eso soy incapaz de escribir novela negra. Como no hay una sin tres, también he visto Objetivo la Casa Blanca, que no aporta nada nuevo a las miles de películas en las que quieren cargarse al presidente -ya ven que no soy el único que finjo matar políticos- y, al fin, ya que Bruce Willis dominaba la semana, Jungla de Cristal 5: un buen día para morir, de la que se puede decir sin temor a equivocarse que un buen día para morir habría sido si me hubiera alcanzado la muerte antes de verla.
En qué te has convertido, John McClaine, ídolo de juventud, icono de la dureza irónica, quintaesencia de lo guarro atractivo (siendo lo guarro feo algo más parecido a Mourinho). Entiendo que a los sesenta años uno no pueda arrastrarse por el hueco del ascensor con el mismo estilo. Comprendo que la camiseta blanca de tirantes manchada de grasa, sudor y sangre empieza a no sentar tan bien. Soy capaz de asimilar que ni siquiera queden malos malísimos de altura -Alan Rickman, William Sadler, Jeremy Irons, incluso Timothy Olyphant y su cara de asco glacial, si se quiere uno pillar los dedos-. Pero desnudar a McClaine, quitarle los chistes buenos, las frases lacerantes, las salidas perfectas. Engendrar un apestoso guión a base de respuestas cortas sin mucho sentido, destrozar el centro de Moscú en una persecución de casi veinticinco minutos después de la cual uno se olvida porqué se persiguen con tanto afán. Matar la saga de cristal, digo, es un crimen que debiera condenar a los guionistas en cuestión al mismo infierno que a nuestros queridos políticos. Al menos antes también te robaban pero podías ir a ver una buena peli. Ahora, ahora el cine ha muerto y quizá nos queden las performance o MasterChef.
Sunday, July 07, 2013
El mal francés
Nunca he ocultado, aunque tampoco hago hincapié, que me faltan dos asignaturas para terminar la carrera. Embargado por el idealismo narrativo, creía que todo buen filólogo debía manejar con cierta soltura la lengua francesa, para leer a Proust en su idioma original y esas cosas absurdas de relumbrón. El problema es que yo odiaba el francés así que nunca me puse en serio a preparar los exámenes de junio. Como mi sagrado deber filológico no me permitía cambiar de optativa -y tan sencillo hubiera sido agarrarme al italiano, al ruso o al mandarín- y la náusea transpirenaica no me dejaba presentarme, inserto en ese bucle imbécil han pasado diez años. No es que esa ausencia haya sido para mí una afrenta o una obsesión, más bien todo cayó un poco en el olvido, sepultadas mis ansias novelescas de los veintitantos por un cúmulo amorfo de responsabilidades laborales, alcohólicas y, más recientemente, paternomaritales. Simplemente lo dejé correr y no ha sido hasta esta semana que me he arrepentido a fondo de no saber francés. Me explico.
Ha caído en mis manos como escupido el penúltimo estallido editorial que planea convertirse en la repanocha veraniega para playas y praderas. A saber, La verdad sobre el caso Harry Querbert del joven -celos- escritor suizo Joel Dicker. Desde Twin Peaks hasta Lolita, de la trilogía Millenium a John Grisham, la crítica ha bendecido esta novela acelerada de intrigas literarias y policiales, colmándola de apellidos, referentes, veneros y deudores hasta la extenuación. Pese a que, ya confieso, no soy un completo filólogo y solo puedo leer a Dicker en su traducción al castellano, me atrevo a dejar mi granito de arena sobre el caso Querbert por si a alguien le interesara: así, a bote pronto, le sobran unas doscientas páginas de las más de setecientas que conforman al angelito. Es cierto que el meollo, el centro de la trama, la investigación del asesinato de Nola Kellergan, está escrito con acierto, mantiene muy bien el clímax y es bastante entretenido. Y si se dejara de interruptus abúlicos de tres al cuarto, de adolescentes enamorados del amor con un léxico similar al de una zapatilla vieja, le iría mucho mejor. Pero comete Dicker el error de gustarse demasiado, y en ese error naufraga ciertamente su novela.
Por resaltar uno de los momentos flacos, más allá de los personajes toscos y predecibles, y de los diálogos juveniles, el personaje central de la novela es otra novela, la del escritor Harry Querbert, de la que constantemente se nos dice que es una de las obras cumbre de la literatura americana del siglo XX. Y si se contentara Dicker en decirlo, los lectores podríamos creer que Querbert es un hacha al aparato, o no, pero como necesita mostrarlo todo los breves fragmentos que de esta obra se incorporan en aquella se parecen más a la incontinencia verbal de una niña de doce años que le confiesa a su diario el intenso amor que le tiene a su profesor de matemáticas, que una de las cimas americanas de la literatura contemporánea. Se exhibe, Dicker, y fracasa. Si apenas se hubiera centrado en lo importante y hubiera dejado atrás esos subterfugios de apagados y escasos sinónimos, habría dado a la imprenta una manera estupenda de pasar el verano en la playa. Como no, soy incapaz de recomendarla aunque, eso sí, se lee igual que está escrita: rápidamente y sin reposo, para devoradores de vulgaridad.
Como el sabor de boca Dickeriano amenazaba con dejarme triste una temporada -siempre lo hacen los escritores jóvenes que alcanzan la fama escribiendo novelas sobre escritores jóvenes que alcanzan la fama- me eché al coleto una novelita pizpireta llamada Joyland que rezuma profesionalidad por todas partes. Bien escrita, bien mostrada, con pocos pero intensos personajes, es una gozada leerla y evidencia que su autor sí que es uno de los mejores escritores americanos de los últimos cuarenta años. Será la experiencia, pero Stephen King arrolla a Dicker en solo tres asaltos. Y los lectores constantes seguimos agradecidos.
Sunday, August 21, 2011
¡Qué verde era mi talle! (2)
Lo de las fotos se me ocurrió porque mi noviazgo con Natalie Imbruglia no acababa de arrancar, sobre todo por razones físicas -era lógico que, si ella vivía en Australia y yo no, nuestros cuerpos más que confluir, divergieran, y sin confluencias no merece la pena quererse y la pasión es un poco pérdida de tiempo-. Aunque yo estaba muy enamorado, a ella le faltaban aún esos pequeños detalles que vertebran siempre la vida en pareja (seguía sin contestar, por ejemplo, a ninguna de las 714 cartas de amor que le había mandado a su apartado de correos para fans, en Melbourne, y eso me tocaba un poco las pelotas ya que me estaba dejando una pasta en sellos y en tinta para la pluma). Estuve cierto tiempo dándole vueltas y llegué a la conclusión de que esas carencias, que yo achacaba más a la falta de tiempo que al desinterés o a la animadversión, tal vez se debieran a que, pese a que yo me había descrito por escrito un montón de veces, en realidad ella no me había visto nunca -mientras que yo tenía la habitación empapelada con sus fotos-. Claro, deduje, tal vez se piensa que soy uno de esos tíos feos sin vida social que se recluyen en casa y se obsesionan con una tía de la tele. Nada más lejos. Y para demostrarle a Natalie Imbruglia lo equivocada que estaba respecto a mí, me haría un book favorecedor frente al espejo del baño con la cámara del teléfono móvil y le mandaría la exultante resultante por internet dejando, así, vistos para sentencia los cimientos de nuestro futuro y apasionado amor.
Nunca estuve muy versado en leyes, pero lo de mandarle a una tía unas fotos íntimas no reclamadas por internet podía resbalar perezosamente por la frontera del acoso sexual, así que para cubrirme las espaldas me compré un par de cursos de fotografía para principiantes avalados por Annie Leibovitz, con el fin de maquillar las posibles imperfecciones y eliminar cualquier invasión de lo chusco o lo inmoral y así convertir las fotos de un depravado frente al espejo del baño en un corpus de autorretratos no exentos de cierta calidad artística. Fue así como, repasando las texturas con el photoshop, descubrí el cinturón verdoso y estriado que me atraviesa el bajo vientre alrededor de toda la cintura y que se parece a un trozo de queso manchego que lleva en la nevera demasiado tiempo. No me asusté de inmediato, pensando que sería la marca que la goma del bañador habría ido dejando de tanto estar sentado en la silla de la cocina escribiéndole a Natalie que la quería. Luego, con posteriores estudios y toqueteos varios, descubrí que se movía, o palpitaba, y que cambiaba de color según le diera o no directamente la luz del sol. Ahí sí ya me acojoné y pedí cita en mi médico de cabecera, que estaba de vacaciones, así que me asignaron a otro, un tal Paco Pevarelo, que al parecer era foniatra.
Y un lince, porque al segundo vistazo ya me había diagnosticado. Podrías convertirte en una celebridad, si quisieras, Pablo, me dijo Pevarelo. Frente a lo que yo creía no padecía ningún mal, genético o bacteriano, sino que el mío era uno de los apenas veinte casos en todo del mundo de simbiosis entre liquen y humano. En realidad eres un alga, me dijo también. Tal vez por exceso de vida sedentaria, por falta de vitamina C, o por desamor, quién sabe, este liquen se ha adosado a tu exterior pensando que eres un alga y se alimenta frugalmente de ti. Como en toda simbiosis, claro, también sacas provecho de esta sociedad verdosa tan variopinta. Tu misión, ahora, es descubrir qué le sacas tú al liquen, qué te da él que no te den otros, me dijo el doctor Pevarelo finalmente, mientras me mandaba para casa con una piruleta y una tabla de ejercicios. Así que aquí estoy, en mi cuarto, mirándome, tratando de averiguar qué tipo de simbiosis es la mía, o más bien la nuestra, y dejando de pensar poco a poco en Natalie Imbruglia, ya que no sabría cómo contarle todo esto, ni qué le parecería compartirme con un liquen. Bien mirado, casi mejor, no creo que saliera nada bueno de ese morboso trío extraño, quizá hasta fuera botánicofilia y todo.
Todavía no le he puesto nombre, al liquen. Se admiten propuestas.
Sunday, August 14, 2011
Yo con el volcán (cuento)
No es que desdeñara sus motivaciones o que tergiversara sus propósitos, pero cuando alguien de la diputación provincial de Almería me llamó para que documentara el asunto, al principio me negué, incurriendo en vagas excusas de compromisos previos y mencionando probables dificultades técnicas que ni siquiera había valorado. Luego, cuando lo pensé mejor -o cuando se derrumbaron esas inexistentes obligaciones-, creí ver en el fondo del asunto una epopeya juliovernesca y, aun a pesar de mi proverbial manía a la literatura decimonónica, acepté. Reuní a mi equipo de casi siempre y partimos en seguida con una injustificada prisa que nos condujo, tortuosa y lenta y transbordalmente, España abajo hasta Almería y de ahí, en helicóptero, hasta la isla de Alborán. En la isla nos esperaban un puñado de autoridades almerienses de reconocido prestigio local y un par estrellas puntuales que apadrinaban el proyecto con, inferí, menos intensidad de la necesaria en casos de tanta enjundia y tanto compromiso -Bisbal no estaba-.
En la visita guiada por la isla, de unos siete minutos y medio de duración, las explicaciones corrieron a cargo del jefe de biólogos del acuario de Almería quien, al parecer, los viernes por la tarde ejercía de consejero medioambiental en las reuniones gubernamentales políticamente correctas y ecológicamente sostenidas que tienen lugar en los consistorios de este nuestro país de un tiempo a esta parte. El tipo, un poco calvo y un poco pedante, me explicó que el islote, de apenas 7 hectáreas de superficie y origen volcánico, constituía la parte emergida de una cordillera submarina que se extiende unos 150 kilómetros en dirección NE-SE, y que era uno de los lugares más prolijos de Europa en avistamiento de cetáceos. Aunque no estaba seguro de que prolijo significara lo que él creía que significaba, no dije nada, y seguí atendiendo a sus explicaciones con falso interés un poco disimulado. La misión (así llamada por ellos mismos con cierta pompa y trazo aventurero), explicada para analfabetos funcionales en asuntos tectónicos, o sea para mí, consistía en buscar el volcán que habría originado la isla, despertarlo de su letargo y obligarlo, literalmente, a escupir unos doscientas o trescientas hectáreas de lava más, lo justo para poder construir sobre el nuevo territorio alboraní un sofisticado promontorio con parapeto y catalejos, y así mejor disfrutar del paseo natatorio de ballenas y delfines, y un hotel último modelo con el que recuperar la inversión rápidamente y, en un periodo de tiempo no superior a tres años, empezar a ganar una pasta gansa.
Como no había mucho que hacer en aquella isla de 600 metros de largo, me pasaba las tardes apoyado en la valla del cementerio, viendo pasar a la gente con máquinas estrafalarias y batas al vuelo, y fue así como me enteré de que de las tres tumbas que abarrotaban el camposanto de Alborán, solo dos llevaban nombre -y eran de la suegra y la esposa de dos antiguos fareros, fallecidas en 1910 y 1920, un oficio peligroso ser mujer en esta isla a principios del siglo XX-. La otra, más romántica o misteriosa, se cree que contenía los restos de un aviador alemán abatido durante la segunda guerra mundial, que llegó junto con lo que quedaba de su aparato, arrastrado por la corriente. (Pensé que cuando terminara aquel trabajo podría intentar escribir un guión con la historia de aquel aviador desafortunado que tenía el dudoso privilegio de ser el único hombre enterrado en la isla de Alborán, y que imaginaba como un dramón de 130 minutos a caballo entre El paciente inglés y Tobruk. Sin embargo aún no he podido ponerme, creo que le falta chicha o yo no sé extraerle el juguillo)
El método de localización y el procedimiento despertador, de impensable invención española, constituían un avance tal que los expertos, que iban y venían por la isla con brújulas y lo que parecían bastones de esquí, vaticinaban una nueva revolución científica a partir de aquel día y una retahíla incierta de premios Nobel y subvenciones suculentas. Ni que decir tiene que todo lo que nuestras cámaras, submarinas y no, pudieron captar del momento revolucionario, fue un enorme eructo burbujeante que, surgiendo de las profundidades mediterráneas, se tragó media isla de un plumazo llevándose al fondo del mar el estrambótico cementerio local, la mitad de mi equipo técnico y a dos operarios senegaleses que trataron de salvar sin éxito el aparatoso instrumental que tantos millones de euros había costado y que tan mal flotaron aquella mañana nublada del 17 de junio. La explicación que se dio fue que en vez de al volcán, lo que provocaron fue un desplazamiento diagonal de la placa africana sobre la euroasiática y el consiguiente terremoto de 7.4 grados en la escala Richter que se sintió en toda la península y que convirtió la breve isla de Alcorán en un pedrusco rojizo que hoy por hoy flota a la deriva por las aguas internacionales del estrecho.
Si tienen algo de suerte, quizá puedan encontrárselo.
Sunday, July 31, 2011
Si el antagonista se va (lo que termina y nunca se acaba)
Lo que Rowling ignora - o, peor, quizá es que lo desdeñe, a sabiendas- cuando obliga a Voldemort a apuntar con su varita a un Harry Potter sumiso y resignado a su suerte mártir, es que la inagotable batalla entre el bien y el mal en el arte se consume, y no funciona, si uno de los dos adversarios se va y el otro permanece. Los héroes de cuento, villanos o no, solo lo son en la guerra y en la guerra se agotan sus atributos. Una doble muerte en el campo de batalla habría catapultado la saga hacia lo más alto, solo así se hubiera mantenido vivo el legado de Harry Potter, su espíritu: solo en la muerte habría tenido sentido su lucha. Así, las últimas 20 páginas de Harry Potter and the deathly hallows son una burla hacia la historia de la literatura y con el olvido pagará Rowling esa afrenta, o ese despiste, o esa incapacidad. Y eso es algo que su versión cinematográfica no repara (más aún, lo incrementa, con un vestuario indigno y una barba incipiente y una barriga cervecera mal hecha: todo muy grotesco y absurdo, 19 años después)
Terminé de leer el séptimo libro de Harry Potter en las calles de Florencia, mientras esperaba una larga cola para entrar en la Galleria degli Uffizi, el 4 de Agosto de 2007, hacia las once de la mañana. Y de pronto me puse a pensar lo poco que me gusta que me defrauden por escrito. En un puñado de páginas finales había estropeado Rowling más de diez años de interesantes aventuras y, lo que es peor, había tapiado sin necesidad la puerta por si algún día quisiera regresar. Tapiar puertas no es oficio de escritores, porque un día te levantas y te mueres por volver y esos impulsos febriles no hay quien los combata. Después de Uffizi, y de una tarde de caluroso paseo florentino, terminamos el día -y las vacaciones- con una estupenda función verdiana en los jardines del Palazzo Pitti. Más allá de que las mujeres sean tan volubles, cuando Rigoletto descubre a su hija Gilda, agonizante, en el saco donde debería descansar el cadáver del odioso Duque de Mantua, me di cuenta de que ese sacrificio por el hombre que amaba era exactamente el mismo que le había pedido aquella mañana a la Rowling para Potter, sin respuesta.
Por eso Rigoletto perdurará para siempre y Harry Potter naufragará, espero, en las densas aguas del olvido. Porque lo mismo que no hace falta llegar primero si sabes llegar, no sirve de nada matar a Voldemort si luego no sabes despedirte con clase. Porque hay historias que, aunque terminen, no se acaban nunca frente a otras que se agotan en el último punto final. Porque a los espectadores, a los lectores, no nos gustan las excesivas explicaciones, ni que todo quede claro de repente ya que, así, no podemos aportar nuestro bagaje ni sumar nuestra experiencia: si no nos dejan usar nuestra imaginación, bien lo sabían los Gun´s and Roses, el mundo se convierte en un aburrido fraude. Cuando un antagonista se va, en fin, los héroes ya no tienen sentido y habrían de huir, dejando el futuro en manos de los que, menores tal vez en la guerra, simbolizan mejor la paz, puesto que es suyo el futuro.
Wednesday, July 27, 2011
De qué hablo cuando hablo de huir -de las últimas novelas de Murakami-.
Estaba buscando un autor nuevo en el que trasnochar y una amiga me recomendó a Murakami. Al parecer, Tokio Blues era lo mejor que había leído en varios meses así que me embarqué en su obra, pero con cierto recelo: la cultura japonesa y yo nunca hemos llegado a intimar, aún a pesar de Lost in Translation -quizá porque Lost in Translation es una visión americana de la cultura japonesa-. Fue todo un acontecimiento. La novela era una inesperada mezcla de angustia y frescura, de musicalidad y destreza, de ternura y confusión, y viajaba siempre bordeando los límites de la verosimilitud pero sin darse mucha importancia, con un navegar despreocupado, casi indiferente. Y era cercana, extrañamente familiar pero sin pasarse, dejándote siempre un regusto de esto no me podría pasar a mí pero al tipo del tercero, ese que toca la guitarra, seguro. Así que aposté por Murakami.
Lo siguiente que supe de él fue Kafka en la orilla, una de esas novelas que desquician y en la que, después de cada destello puro de genio narrativo, sobreviene un pelotazo inverosímil que te deja contra las cuerdas. Es la del tipo que habla con los gatos (lugar común por excelencia en la literatura del japonés, los gatos y la música y tal vez la soledad). Y mientras eres Kafka Tamura y te largas de casa con 15 años, te vas al sur, te medio enamoras de una señora que podría ser tu madre y que, hasta donde tú sabes, lo es: todo va de maravilla con Edipo y toda la pesca. Pero como luego está esa otra historia sobre el tipo que habla con los gatos, y ambas se van aproximando hasta confluir en un final apoteósico, marino e intragable, no sabes bien a qué atenerte, te gustaría protestar pero como te quedas con buen cuerpo, lo aceptas y te compras la siguiente, a ver. El problema es que la siguiente que te compras, a ver, está cronológicamente publicada entre las dos anteriores y ahí es cuando empieza el lío, porque tú crees realmente que Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es con diferencia la mejor de todas y, claro, como no puedes hablar, aunque te gustaría, de clara evolución en la obra de Murakami, lo dejas en que acaso sea este un escritor con altibajos, así, sin más.
Crónica es como Kafka, pero mejor. También tiene esas largas y preocupantes dosis de irrealidad que te hacen, y así lo decía Bryce, pensar: ficción sí, conchudez no. Pero, al mismo tiempo, todas las historias van casando geométricamente, como en una buena partida de Tetris. Y al final casi ni te preocupa que el protagonista guste de meterse dentro de un pozo a reflexionar o que acuda a una especie de casa de citas a que le laman por dinero una mancha extraña que le ha salido en la cara. Lo importante es lo demás, el poderoso brío narrativo que demuestra Murakami para convertir un tochazo de novecientas páginas en un abrirycerrar de ojos ávidos y necesitados. En resumen, que cada Murakami que devoraba era mejor que el último pero muy parecido, pero totalmente distinto. Así que en ese desasosiego literario me moría por consumir lo siguiente.
Y lo siguiente llegó ilusionando y por partida triple. Primero con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y luego con After Dark y la obra que da título a esta entrada, De qué hablo cuando hablo de correr. Pero la ilusión, ay, se partió en mil disparatados cachitos inasibles. En El fin del mundo uno piensa: a este tío se le ha ido definitivamente la pinza. Luego, rebuscando por ahí, me enteré de que era una novela de juventud, previa incluso a Tokio Blues, que habían tardado mucho en traducirla, y le di el beneficio de la duda, quizá era uno de esos experimentos post-adolescentes, un palo de ciego, un disparate sin continuidad. Pero After Dark, primero, no me dijo nada y el libro de correr, después, lo encontré solo apto para iniciados, ideal para que gente que corre, para gente que huye, para gente que en lugar de pasear, galopa. Así que Murakami empezó a decepcionarme, o quizá es que la chapuza editora de Tusquets me había hechizado con sus mejores libros para atizarme luego las obras menores, la morralla indigna, o puede que fuera yo, y no Tusquets, el que me equivocara al navegar a Murakami o me confundiera sobre cómo transitarlo. El caso es que al poco de publicar su última novela de alfanumérico título, 1Q84, me la compré por los viejos tiempos, por el qué dirán, por estar al tanto de lo que se cocina, por no dejar de leer a ese tío del que todos hablan. Y, aunque no he podido pasar de la página 100 -pero volveré, siempre vuelvo-, me pareció en su momento un pestiño insoportable.
En definitiva, no sé si colocar a Murakami en la misma categoría que a Woody Allen, es decir en la de autores colosales que ya han dado lo mejor de sí, o permitirle aún otro desliz más -con Woody ya van cinco o seis, no sería justo para Haruki-. De quien me sigo fiando es de Paul Auster. Su última joya, Sunset Park, está ayudándome a quitarme el mal sabor de boca del sushi murakamiano, que me había angustiado la lengua hasta dejármela gris.
Sunday, July 17, 2011
Tahures Burdos
Inmerso en la intrincada obra de Daniel Goleman encontré al fin el faro que habría de regresarme a buen puerto. Y eso que no recuerdo la frase exacta (pero aprendí hace décadas que las frases exactas son un poco como la universidad: no sirven para nada y basta con que te lleves una idea general). Lo que decía el bueno de Daniel, o lo que yo recuerdo que deduje que decía, es que resulta sencillo imaginar lo extraordinario en momentos de necesidad, y que lo realmente difícil es salirse de la norma en tiempos de bonanza. Incapacitado para lo excepcional por factores genéticos y no, estuve largos meses dándole vueltas a las enseñanzas de Goleman, buscando una manera de aplicarlas a mi modorra diaria para así mejor combatir la ausencia del subsidio de desempleo, que se extinguía entre mis manos sin remedio. Al cabo di con mi solución: acaso lo original ahora, me dije, en mitad de este pozo alquitranado de asfixiante depresión, era apostar por lo de siempre, ahondar en la reconfortante vulgaridad y abrir una mercería.
Lo de la mercería era, para mí, un sueño recurrente, desde niño, aunque no tenía una idea precisa de lo que pudiera ser: yo la imaginaba como un paraíso angosto de botones y corsés en el que los pedidos se despacharan en apasionantes paquetitos de papel de estraza coronados con un poco de celo. Me gustaba sobre todo el nombre, mercería, mercería, y su sola repetición como una letanía servía para calmarme mis habituales crisis de ansiedad -eso y hundir durante cinco minutos las manos en enormes tarros transparentes llenos de botones rojos que había ido comprando por si algún día me daba por cumplimentar mis sueños-. Como local ya tenía (usaría el salón de mi casa como cuerpo del negocio y la cocina como trastienda), reunifiqué todas mis deudas para solicitar un crédito minúsculo con el que comprar algo de hilo, un mostrador, unas vitrinas y una de esas cortinillas de látigos con cuentas ambarinas tan chulas que abundan en las películas de chinos y en los bares de carretera.
Mientras el banco gestionaba mi petitoria, y para no perder mucho el tiempo, organicé un vino español a modo de inauguración a la que invité a casi todos mis amigos y a la vecina del cuarto, con la que solía fantasear envuelta en hilo de seda suplicándome que le dejara probar todo el género. En mitad de la cuarta botella de Cune alguien sugirió que montáramos una timba de Pocha a diez céntimos el punto, y así podríamos usar los botones rojos como moneda de cambio. Al final de la velada había ganado nueve euros con cincuenta y la promesa airada de varias revanchas que se sucedieron a lo largo de todo el mes con idéntica fortuna. Poco a poco y sin saber muy bien cómo, mi casa se convirtió en un peregrinaje de tahures torpes de bolsa fácil a los que desplumaba con prestancia mientras mi vecina del cuarto, escotada hasta el esperpento, me hacía masajes delicados y me servía chupitos de orujo de hierbas. Cuando me llegó, por carta certificada, la denegación del préstamo bancario que había solicitado me dio un poco de pena, por la mercería, pero yo ya estaba inmerso en otro negocio bastante próspero, aunque no sé si muy legal. Me compré una de esas viseras de crupier y me fui alejando de las mesas de juego para vivir del dinero de las entradas y del porcentaje de cada partida que se llevaba siempre la casa. Con la vecina del cuarto me he casado y me he instalado en su casa, ya que en la mía hay como un aire viciado que huele a ginebra y a derrota y que le viene fatal a mis geranios.
Monday, June 14, 2010
El planeta de los nimios -Para F, porque ahora comienza la verdadera aventura. Enhorabuena-.
(...) por eso nunca seremos la pareja perfecta,
la tarjeta postal (...)
-J. Cortàzar-
De una lectura pervertida aunque obsesiva de Isaac Asimov, le habìan venido siempre las ganas a Jaime Alcanfor de dedicarse a la invenciòn y al cientificismo, y asì posibilitar los viajes en el tiempo y la colonizaciòn de galaxias lejanas. La astrofìsica era, para èl y segùn una definiciòn temprana y caprichosa, el arte màs sublime, pues nace de la necesidad de combinar de manera novedosa los materiales al alcance de la mano para modelar una nueva realidad, más atractiva y afable. Mediocre y poco dado a los esfuerzos, su nota media finalizado el bachiller no habìa sido, irònicamente, para tirar cohetes, y la salida màs lògica y accesible parecìa el derecho mercantil, lo que en relaciòn a sus intenciones aeroespaciales hubiera supuesto algo asì como el fin. Convenciò a sus padres para que le dejaran tomarse un año sabàtico en cuyo transcurso decidiò que nada era imposible, y que el autodidactismo no habìa arredrado a otros genios de lo sideral como Leibniz o Miguel Hernàndez, aunque de lo de Leibniz no estaba seguro.
No obstante, con el tiempo se vio incapaz de vencer el aburrimiento que suponìa encontrar cierta armonìa entre la direcciòn de los vectores y la maldiciòn de las cuerdas resonantes, asì que no tuvo màs remedio que eliminar los inconvenientes problemas teòricos y pasar a la acciòn directamente. Despuès de meses de detallado anàlisis, Jaime llegò a la conclusiòn de que los descubrimientos màs relevantes de la historia de la humanidad, como la Gravedad o el Condensador de Fluzo, habìan tenido lugar aparejados a episodios craneoencefálicos traumàticos, asì que se puso de inmediato a someter a su cerebro a un elevado estrès por colisiòn. Su padre lo encontrò inconsciente, en el suelo de la cocina, casi al borde del coma, tras desafiar las leyes de Newton a cabezazo limpio contra la pared del comedor. Al parecer, una imperfecciòn del gotelè le habìa provocado un derrame cerebral del que, tal vez, soñaba con despertarse en posesiòn de la cura contra el cáncer o contra la estulticia preponderante. El amanecer, sin embargo, no le trajo sabidurìa y gloria, y sí más bien una pérdida estimable de movilidad en los mùsculos orales y una visiòn incompleta, poco profunda y absolutamente en blanco y negro. Con la demanda suculenta a la inmobiliaria en el bolsillo, sus padres le regalaron un supertelescopio último modelo para que no se apartara radical, o traumàticamente, de lo cientìfico y para que llevase con dignidad su tara ya que en el cielo,como bien decìa su madre, por la noche todo es en blanco y negro.
Pese a los esfuerzos familiares, y aunque nadie supo nunca bien còmo, el caso de Jaime Alcanfor trascendiò y desde la prensa supusieron mofa constante tanto sus iniciativas como su desventura. Esta sàtira mediàtica afectò definitivamente a Jaime, que optò por recluirse en su cuarto con un montòn de pelìculas de Harold Lloyd y su flamante telescopio, con el que barrìa el cielo por las noches imaginando naves que cruzaban su campo de visiòn a la velocidad de la luz, ataviadas con el acelerador Alcanfor, en pos de la colonizaciòn y la perpetuidad de la especie. Fue asì como una noche de casi verano descubriò a AJ-u-9742, un fragmento de cometa desligado, de unos cuarenta kilómetros de diámetro, y que volaba grácilmente en direcciòn, parecìa, a la tierra. Ahì estaba su momento de gloria, ahì sus cinco minutos, ahí su nombre recordado para siempre en forma de puntito luminoso acercándose. Pero el silencio era màs apetecible: por un lado, què efìmera serìa su gloria si al cabo la raza estaba condenada a extinguirse por impacto; por otro, era un justo castigo para ese mundo cruel y desalmado lleno de nimios, que se habìa reido de su desgracia y su ruina: enterarse cuando ya fuera demasiado tarde. Sí, al fin justicia poètica para Jaime Alcanfor. Asesinò a sus padres con una soluciòn cloroformada en la sopa, ya que no querìa verlos sufrir, presa del pànico, hasta el fin, y se sentó a esperar el fin del mundo en blanco y negro. Lo malo es que, teòricamente, nunca habìa sido una lumbrera, y cuando se dio cuenta de que habìa errado sus cálculos por dos ceros, el impacto terminal se habìa convertido en una especie de fuego de artificio inofensivo que la gente saliò a celebrar como una lluvia de estrellas. En el barrio pronto echaron de menos a sus padres y fue cuestiòn de tiempo que los encontraran en la alacena, al lado de los melocotones en conserva.
Te cuento esto porque esta mañana su nombre volviò a las contraportadas del periòdico. Al parecer, prepara su primera biografìa autorizada, Yo vi el fin del mundo y no era en color, que los expertos vaticinan como el mayor èxito editorial desde aquella de los libros asesinos de Ruiz Zafio. Ver veremos.
la tarjeta postal (...)
-J. Cortàzar-
De una lectura pervertida aunque obsesiva de Isaac Asimov, le habìan venido siempre las ganas a Jaime Alcanfor de dedicarse a la invenciòn y al cientificismo, y asì posibilitar los viajes en el tiempo y la colonizaciòn de galaxias lejanas. La astrofìsica era, para èl y segùn una definiciòn temprana y caprichosa, el arte màs sublime, pues nace de la necesidad de combinar de manera novedosa los materiales al alcance de la mano para modelar una nueva realidad, más atractiva y afable. Mediocre y poco dado a los esfuerzos, su nota media finalizado el bachiller no habìa sido, irònicamente, para tirar cohetes, y la salida màs lògica y accesible parecìa el derecho mercantil, lo que en relaciòn a sus intenciones aeroespaciales hubiera supuesto algo asì como el fin. Convenciò a sus padres para que le dejaran tomarse un año sabàtico en cuyo transcurso decidiò que nada era imposible, y que el autodidactismo no habìa arredrado a otros genios de lo sideral como Leibniz o Miguel Hernàndez, aunque de lo de Leibniz no estaba seguro.
No obstante, con el tiempo se vio incapaz de vencer el aburrimiento que suponìa encontrar cierta armonìa entre la direcciòn de los vectores y la maldiciòn de las cuerdas resonantes, asì que no tuvo màs remedio que eliminar los inconvenientes problemas teòricos y pasar a la acciòn directamente. Despuès de meses de detallado anàlisis, Jaime llegò a la conclusiòn de que los descubrimientos màs relevantes de la historia de la humanidad, como la Gravedad o el Condensador de Fluzo, habìan tenido lugar aparejados a episodios craneoencefálicos traumàticos, asì que se puso de inmediato a someter a su cerebro a un elevado estrès por colisiòn. Su padre lo encontrò inconsciente, en el suelo de la cocina, casi al borde del coma, tras desafiar las leyes de Newton a cabezazo limpio contra la pared del comedor. Al parecer, una imperfecciòn del gotelè le habìa provocado un derrame cerebral del que, tal vez, soñaba con despertarse en posesiòn de la cura contra el cáncer o contra la estulticia preponderante. El amanecer, sin embargo, no le trajo sabidurìa y gloria, y sí más bien una pérdida estimable de movilidad en los mùsculos orales y una visiòn incompleta, poco profunda y absolutamente en blanco y negro. Con la demanda suculenta a la inmobiliaria en el bolsillo, sus padres le regalaron un supertelescopio último modelo para que no se apartara radical, o traumàticamente, de lo cientìfico y para que llevase con dignidad su tara ya que en el cielo,como bien decìa su madre, por la noche todo es en blanco y negro.
Pese a los esfuerzos familiares, y aunque nadie supo nunca bien còmo, el caso de Jaime Alcanfor trascendiò y desde la prensa supusieron mofa constante tanto sus iniciativas como su desventura. Esta sàtira mediàtica afectò definitivamente a Jaime, que optò por recluirse en su cuarto con un montòn de pelìculas de Harold Lloyd y su flamante telescopio, con el que barrìa el cielo por las noches imaginando naves que cruzaban su campo de visiòn a la velocidad de la luz, ataviadas con el acelerador Alcanfor, en pos de la colonizaciòn y la perpetuidad de la especie. Fue asì como una noche de casi verano descubriò a AJ-u-9742, un fragmento de cometa desligado, de unos cuarenta kilómetros de diámetro, y que volaba grácilmente en direcciòn, parecìa, a la tierra. Ahì estaba su momento de gloria, ahì sus cinco minutos, ahí su nombre recordado para siempre en forma de puntito luminoso acercándose. Pero el silencio era màs apetecible: por un lado, què efìmera serìa su gloria si al cabo la raza estaba condenada a extinguirse por impacto; por otro, era un justo castigo para ese mundo cruel y desalmado lleno de nimios, que se habìa reido de su desgracia y su ruina: enterarse cuando ya fuera demasiado tarde. Sí, al fin justicia poètica para Jaime Alcanfor. Asesinò a sus padres con una soluciòn cloroformada en la sopa, ya que no querìa verlos sufrir, presa del pànico, hasta el fin, y se sentó a esperar el fin del mundo en blanco y negro. Lo malo es que, teòricamente, nunca habìa sido una lumbrera, y cuando se dio cuenta de que habìa errado sus cálculos por dos ceros, el impacto terminal se habìa convertido en una especie de fuego de artificio inofensivo que la gente saliò a celebrar como una lluvia de estrellas. En el barrio pronto echaron de menos a sus padres y fue cuestiòn de tiempo que los encontraran en la alacena, al lado de los melocotones en conserva.
Te cuento esto porque esta mañana su nombre volviò a las contraportadas del periòdico. Al parecer, prepara su primera biografìa autorizada, Yo vi el fin del mundo y no era en color, que los expertos vaticinan como el mayor èxito editorial desde aquella de los libros asesinos de Ruiz Zafio. Ver veremos.
Monday, November 09, 2009
Un prólogo erecto y una onza de almíbar
Entusiasmado por una inesperada reedición de la jornada de piernas abiertas en casa de Rebeca Griñón, sita en el portal 114 de la calle Ezcurdia, que hasta la tarde anterior había dado por imposible, Jorge Soto salió de la cama haciendo planes para el resto de su vida, y antes del desayuno lo había decidido casi todo, excepto quizá la presencia o no de ribetes en las invitaciones de boda en tono pastel, y algún que otro detalle horticultor sin importancia (y por supuesto que los niños, pareja mejor que trío, tendrían unos columpios en la parte de atrás de un dúplex apañado en las afueras). Pensó en llamar a su madre para anticiparle alguna de las noticias que volcarían el mundo las próximas fechas, pensó en cambiar su estado sentimental en facebook, pensó en comprar flores alegres para decorar la terraza, pensó que, en Rebeca, la distancia entre el lóbulo de la oreja y el hombro desnudo era directamente proporcional a la felicidad, y chorradas así. Y como todas las canciones de Kiss Fm hablaban sobre la noche de autos, decidió pasar el resto del día escuchando música, sonriéndole al techo y repitiéndose las mejores jugadas de un encuentro que, esta vez sí, pasaría a la historia.
Y eso que no daba un duro por sus posibilidades. Diecinueve días después del ya te llamo yo, Jorge empezaba a sospechar que Rebeca no tenía intención de llamarle. Y no la culpaba: tras cuatro meses de inactividad por incomparecencia del rival, había estado asustadizo e intermitente sobre el terreno de jugos. Si bien era cierto que había sumado un par de incorporaciones digitales por la banda muy apreciadas por el respetable; pero a la hora de la verdad el balón se había convertido en una onza de chocolate mordida imposible de manejar: tembloroso, y a la espera de las repercusiones lógicas dada su incapacidad manifiesta para vulnerar esas mallas, se había dedicado a nadar vagamente guardando la ropa, mientras Rebeca lo miraba con una mezcla de extraño afecto compasivo, igual que se mira a un hermano, a un juguete viejo, a una señora octogenaria buscando unos céntimos para pagar con lo justo en la pescadería. Y también lo era -cierto- que su comportamiento oral había sido intachable, practicando primero con prudencia y contra el muslamen derecho, y cargando luego todo el peso de la caballería ligera, en una acción invasiva y envolvente y un poco torbellina, hacia la plena zona clitorioidea, pena: ahí yacía la esperanza. Tal vez, se dijo Jorge con la mirada fija en los manchurrones de humedad que lo sobrevolaban a golpe de yeso, Rebeca sea, como yo soy, más de prólogos que de desarrollos, una chica primitiva y primaria y primordial que le concede más importancia al escaparate que al relleno, al fin una mujer por mí plenamente satisfacible, un hueco confortable, espero, en el que olvidar las habituales pesadillas de tocata y fuga, de precocidad y arrebol.
Y pese a que dos golondrinas no hacen verano -aunque pueden quedar muy bien en un pasiaje colorista-, lo normal es que, conociéndolo, Jorge Soto hubiera hasta concertado cita con el cura de la parroquia de San Julián después de que a Rebeca, más por aburrimiento y falta de efectivos que por querencia o necesidad, le diera por volver a llamarle dicienueve días más tarde, cuando ninguno de los dos esperaba ya que eso sucediera, sobre todo tenida en cuenta la insoportable brevedad del sexo que Jorgito le brindó aquella noche inicática. Evidentemente, cuando la bandeja de entrada del móvil de Rebeca se llenó de mensajes absurdos e innecesariamente cariñosos en los que era imposible no ver un preludio de declaración de amor en toda regla, la muchacha dio por concluida su relación espermática con aquel chico que, si bien mono, se notaba a la legua que buscaba un culo de buen asiento sobre el que construir una casa empezando por la chimenea. Rebeca Griñón, versada en Física y en el Kamasutra, no tuvo más remedio que borrar el número -y el rostro- de Jorge Soto con un chasquido de contrariedad como quien dice: qué lástima de comedor. El pobre Jorgito, incapaz de acoger en casa todos los centros de flores que había comprado por internet, con vistas al feliz enlace, y de pagarlos, se lanzó con decisión, con gallardía, pasional y faltalmente, como lo había hecho todo en su vida, debajo de un camión de Emulsa que pasaba, para poner fin al oprobio, a la vergüenza floral y a la cita con el cura párroco de San Julián que no sabía cómo cancelar. Creo que en la misa de este domingo rezaron un responso por su almibarada alma.
Y eso que no daba un duro por sus posibilidades. Diecinueve días después del ya te llamo yo, Jorge empezaba a sospechar que Rebeca no tenía intención de llamarle. Y no la culpaba: tras cuatro meses de inactividad por incomparecencia del rival, había estado asustadizo e intermitente sobre el terreno de jugos. Si bien era cierto que había sumado un par de incorporaciones digitales por la banda muy apreciadas por el respetable; pero a la hora de la verdad el balón se había convertido en una onza de chocolate mordida imposible de manejar: tembloroso, y a la espera de las repercusiones lógicas dada su incapacidad manifiesta para vulnerar esas mallas, se había dedicado a nadar vagamente guardando la ropa, mientras Rebeca lo miraba con una mezcla de extraño afecto compasivo, igual que se mira a un hermano, a un juguete viejo, a una señora octogenaria buscando unos céntimos para pagar con lo justo en la pescadería. Y también lo era -cierto- que su comportamiento oral había sido intachable, practicando primero con prudencia y contra el muslamen derecho, y cargando luego todo el peso de la caballería ligera, en una acción invasiva y envolvente y un poco torbellina, hacia la plena zona clitorioidea, pena: ahí yacía la esperanza. Tal vez, se dijo Jorge con la mirada fija en los manchurrones de humedad que lo sobrevolaban a golpe de yeso, Rebeca sea, como yo soy, más de prólogos que de desarrollos, una chica primitiva y primaria y primordial que le concede más importancia al escaparate que al relleno, al fin una mujer por mí plenamente satisfacible, un hueco confortable, espero, en el que olvidar las habituales pesadillas de tocata y fuga, de precocidad y arrebol.
Y pese a que dos golondrinas no hacen verano -aunque pueden quedar muy bien en un pasiaje colorista-, lo normal es que, conociéndolo, Jorge Soto hubiera hasta concertado cita con el cura de la parroquia de San Julián después de que a Rebeca, más por aburrimiento y falta de efectivos que por querencia o necesidad, le diera por volver a llamarle dicienueve días más tarde, cuando ninguno de los dos esperaba ya que eso sucediera, sobre todo tenida en cuenta la insoportable brevedad del sexo que Jorgito le brindó aquella noche inicática. Evidentemente, cuando la bandeja de entrada del móvil de Rebeca se llenó de mensajes absurdos e innecesariamente cariñosos en los que era imposible no ver un preludio de declaración de amor en toda regla, la muchacha dio por concluida su relación espermática con aquel chico que, si bien mono, se notaba a la legua que buscaba un culo de buen asiento sobre el que construir una casa empezando por la chimenea. Rebeca Griñón, versada en Física y en el Kamasutra, no tuvo más remedio que borrar el número -y el rostro- de Jorge Soto con un chasquido de contrariedad como quien dice: qué lástima de comedor. El pobre Jorgito, incapaz de acoger en casa todos los centros de flores que había comprado por internet, con vistas al feliz enlace, y de pagarlos, se lanzó con decisión, con gallardía, pasional y faltalmente, como lo había hecho todo en su vida, debajo de un camión de Emulsa que pasaba, para poner fin al oprobio, a la vergüenza floral y a la cita con el cura párroco de San Julián que no sabía cómo cancelar. Creo que en la misa de este domingo rezaron un responso por su almibarada alma.
Monday, October 19, 2009
I'm back
P en versión cinematoráfica disponible desde hoy en:
http://porunpdepelis.blogspot.com/
Ténganme paciencia que aún estoy empezando y no domino del todo la terminología.
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